La literatura de cordel es un género de literatura popular compuesto por relatos, romances, coplas y poemas impresos en pequeños cuadernillos o pliegos que se vendían en mercados y ferias tradicionales. Los vendedores, a menudo jóvenes, ofrecían una charla breve junto con el librillo, lo que constata que el cordel está intrínsecamente unido a la interacción social y al intercambio directo entre vendedor y comprador.
Recibe su nombre porque estos impresos
se exponían colgados de cordeles para que el público pudiera verlos y
comprarlos.
Es el conjunto de obras literarias que,
entre los siglos XV y XX, se transmitían en papel con el nombre de pliego de
cordel, pliego suelto o pliego de ciego. El nombre de «literatura de cordel»
fue acuñado por Julio Caro Baroja en su célebre «Ensayo sobre la literatura de
cordel».
La literatura de cordel tiene sus raíces en la tradición trovadoresca de la Edad Media en España desde donde se difundió desde el siglo XV hasta mediados del siglo XX. Se asoció con los llamados romances de ciegos, porque con frecuencia los vendían y recitaban ciegos por plazas y caminos.
Sus características distintivas principales
son:
La simplicidad de los medios de
expresión, la ausencia de elementos simbólicos y metafóricos, la pobreza de
recursos literarios, con el tremendismo, sensacionalismo descarnado, chocarrería,
misoginia y la crítica social.
Difusión entre las clases populares
debido a su bajo coste y brevedad.
Formato en verso, sobre todo en romances
y coplas cortas, con rima, cadencia y métrica popular. Los versos suelen
presentarse con rima asonante o consonante, con oralidad musical que facilitan
la memorización, la declamación y el recitado en público. Las composiciones fueron
en metro de romance, o bien en secuencias de cuartetas o de quintillas, y solían
estar precedidas por un título a menudo largo y pretencioso.
El interés de muchos pliegos radica más
en sus aspectos sociológicos que en los literarios, pues desde el principio
abundaron las obras con funciones noticieras más o menos realistas y cotidianas,
las descripciones de casos y sucesos maravillosos y notables, biografías y
hazañas heroicas de bandidos, pícaros y santos, descripciones de batallas,
catástrofes, milagros, crímenes horrendos, venganzas asombrosas, villancicos,
canciones festivas, satíricas, de escarnio, motes, aleluyas, almanaques,
profecías, trovadas, bailes, historias o cartas de amor, denuncias, críticas a
injusticias, sucesos políticos, históricos y religiosos, humor y críticas
sociales.
Su transmisión es popular pues se
difundía mediante la venta de folletos y la lectura en voz alta.
El formato y tamaño del papel, en general,
en los siglos XVI y XVII, y según Caro Baroja, los pliegos (varios pliegos
cosidos forman un folleto) eran doblados dos veces pera obtener ocho páginas en
cuarto. Otras veces se plegaban ocho veces, en cuyo caso podían coserse y ser
encuadernados en rústica. Se produjeron también hojas sueltas (hojas volantes).
A menudo ilustrados con grabados o xilografías (talladas en madera) en sus
portadas. Las xilografías suelen ser estilizadas, con líneas marcadas y un
fuerte contraste, características que refuerzan la narrativa y ayudan a la
memorización y a la identificación del relato a simple vista.
Los difusores principales de pliegos
sueltos, desde sus orígenes hasta su extinción en el siglo XIX, fueron personas
ciegas o con algún otro tipo de invalidez física que se especializaron en su
venta. Por lo general, el ciego vendedor de pliegos era guiado por otra
persona, más joven, que le servía de LAZARILLO,
y cantaba él mismo, en ocasiones acompañado por algún instrumento musical
(guitarra, violín, acordeón, zanfona, etc.) los textos impresos en las hojas
volantes. Es ocasiones, se las aprendían de memoria y prolongaban de forma oral
la vida del pliego, transmitiéndolas a las generaciones posteriores.
Por lo que respecta al público de la
literatura de cordel, se trataba principalmente de personas de escasa formación
y medios económicos. De hecho, en el siglo XVI, se produjeron tiradas paralelas
de las mismas composiciones en pliegos sueltos de bajo coste y agrupados en
volúmenes de mucha mayor calidad editorial como los Cancioneros (destinados
para el consumo rápido e inmediato de masas indoctas) o Romanceros (para un
público más exigente, educado y de mayor poder adquisitivo) de precio mucho más
elevado.
La literatura de cordel ha sido
normalmente considerada como una modalidad de literatura marginal e ínfima
dirigida a un público vulgar y escasamente exigente de cualidades literarias
elevadas.
Como literatura de consumo rápido y
popular, los autores que producían poesía o narrativa destinada de manera
específica a su difusión en pliegos de cordel fueron muchas veces anónimos. A
veces, y sobre todo en el siglo XVI, se difundieron algunos firmados por
autores como Reinosa, Bravo, Brizuela, Olmo, Francisco de Velasco, y otros, que
en ocasiones llegaron a escribir sus composiciones exprofeso para su difusión
en pliegos y folletos. Célebre fue el poeta ciego Cristóbal Bravo «El ruiseñor
de Extremadura». En muchas otras ocasiones, los pliegos de cordel difundieron
composiciones de autores célebres y consagrados, como Jorge Manrique, Calderón
de la Barca o Lope de Vega, que no concibieron sus obras para este tipo de
difusión.
En el siglo XVII, los centros principales de impresión de pliegos estuvieron en Sevilla, Valencia y Barcelona, ciudades a las que a partir del siglo XVII se sumó también Madrid, y otras andaluzas como Córdoba y Baeza.
La invención de la imprenta en la
primera mitad del siglo XV, y su extraordinario desarrollo a partir de finales de
este, justificaron el nacimiento de la literatura de cordel como un producto
impreso destinado a satisfacer las necesidades de lectura e información de las
clases menos letradas y adineradas de la sociedad. A su vez, el pliego suelto
permitió el acceso a un cierto tipo de literatura a sectores cada vez más
amplios de la población, e incluso contribuyó de forma decisiva a su acceso a
las letras y a su alfabetización.
Autores del XVII como Rodrigo Caro, en
referencia al romance de El marqués de Mantua, que fue durante siglos uno de
los mayores éxitos de la industria de pliegos de ciegos, exclamó: «Oh, noble
Marqués de Mantua, qué de veces repetido fue tu caso lastimero que en la
escuela deprendimos».
Víctor Infantes ha señalado que «quizás
el primer pliego suelto conservado como tal sea el Regimiento de príncipes de
Gómez Manrique publicado en Zamora en 1482 (primer pliego con texto en prosa);
pero a comienzos del siglo XVI, este modelo editorial empezó a recoger textos poéticos
muy diversos.
Aunque en el siglo XVI la literatura de
cordel tuvo entre sus valedores a ingenios de la talla de Juan de Timoneda, a
partir del siglo XVII fue cada vez más despreciada y marginada. En el XVIII,
Campomanes e Iriarte se indignaban de que en algunas escuelas se utilizasen
para enseñar a leer, y se promulgaron varias leyes que limitaban su difusión.
Eugenio Villalba, en su narración costumbrista Visita de las Ferias de Madrid,
se quejaba en este tono de las seguidillas que cantaban los ciegos por las
calles de la capital «En esto estábamos, cuando nos estrupó cruelmente las
orejas la rabiosa y lastimera voz de un Ciego que con una guitarra estaba a
mandíbulas sueltas […]. Estos ciegos no ven el daño que suelen causar con sus
canciones en la gente joven, que los escucha, y así se desbocan a veces, y
cantan tales disparates, que es preciso taparse los oídos […]. Y como los
muchachos son aficionados a oír todos estos chistes, los están escuchando con
la boca abierta, y sin sentir se van tragando unas máximas poco conformes a la
educación cristiana que debían tener».
En el siglo XVIII se sitúa un punto de
inflexión importante en la evolución literaria de los pliegos de ciego. La dura
competencia de libros cada vez más baratos y accesibles fue reduciendo sus
contenidos a productos cada vez más mediocres, en los que, según Francisco
Aguilar Piñal, «brillan por su ausencia el lirismo, la fuerza épica, el sentido
del honor y la caballerosidad, la sincera emoción religiosa o profana, el amor
a la patria y a los semejantes. Incluso en los romances de tema piadoso
escasean los sentimientos dignos y elevados». Prueba de esta decadencia y
sequía creativa es el hecho de que muchos impresores, para alimentar sus
ventas, tuvieran que recurrir a imprimir (a lo largo de los siglos XVIII y XIX)
en pliegos resúmenes de obras literarias del prestigio de La española inglesa
de Cervantes, la Historia del descubrimiento de las tierras de los enanos de Jonathan
Swift, numerosos asuntos de origen francés (Flores y Blancaflor, Genoveva de
Brabante), o novelas como El conde de Montecristo de Alexandre Dumas, que al
año siguiente (1846) de ser publicada en Francia, circulaba ya en numerosos
pliegos españoles.
Pese a la evidente decadencia literaria
del género, el siglo XIX coincidió con un período de gran revitalización
social, gracias al consumo cada vez mayor que de él hicieron las masas urbanas
que iban teniendo acceso a la alfabetización. En torno a 1840 se da una edad de
oro económica y social del género, al que alimentaban continuamente imprentas
situadas no solo en Barcelona y en Madrid, sino también en Valladolid, Sevilla,
Reus y muchos lugares más. El editor Marés, de Madrid, y la imprenta Minuesa,
entre otras, inundaron en aquellos años de pliegos las ciudades.
Todavía a finales del siglo XIX y en los
inicios del XX la literatura de cordel siguió teniendo una difusión
impresionante en España, aunque tampoco dejó de empobrecerse desde el punto de
vista editorial y literario.
La Guerra Civil de 1936-39 supuso un
golpe durísimo para la literatura de cordel, que agravó, en la posguerra, el
desarrollo de la radio y de la prensa. Aunque en la década de 1950 algunos
ciegos seguían cantando todavía sus coplas en muchos lugares de España, puede
decirse que, en la siguiente década, con la llegada de la televisión, su
desaparición se convirtió en una realidad definitiva.
La conciencia de su decadencia y de su próxima desaparición reconcilió en cierta medida a algunos grandes intelectuales de aquella época con este tipo de literatura. Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Ramón del Valle-Inclán y Federico García Lorca se sintieron interesados y atraídos por ella, e incluso la tomaron como modelo de algunas de sus obras. Miguel de Unamuno, en Paz en la guerra, evocaba aquellos pliegos «eran el rudimento poético de los siglos que, después de haber nutrido los cantos y relatos que han consolado de la vida a tantas generaciones rodando de boca en oído y de oído en boca, contados al amor de la lumbre, viven por misterio de los ciegos callejeros, en la fantasía siempre verde del pueblo».
Hoy, la literatura de cordel sigue siendo objeto de interés académico y de coleccionismo. Museos, archivos y bibliotecas conservan colecciones de cordeles antiguos y modernos, que permiten estudiar la evolución del género y sus variaciones regionales. Este interés ayuda a preservar una parte vital de la memoria cultural y a difundir conocimientos sobre técnicas de impresión, ilustración y narrativa popular.
A diferencia de la literatura culta,
muchos textos eran anónimos, pero varios autores relevantes estuvieron
vinculados a este ámbito o influyeron decisivamente en él. Entre los autores
españoles más representativos destacan:
- Gil Vicente, dramaturgo del Renacimiento, cuya obra se considera relacionada con los orígenes de la tradición de los romances y pliegos que desembocaron en la literatura de cordel.
- Lope de Vega. Muchos pliegos de cordel adaptaron o resumieron argumentos de sus comedias para un público popular.
- Pedro Calderón de la Barca. Fue una fuente frecuente de reelaboraciones en pliegos de cordel.
- Ramón de la Cruz, conocido por sus sainetes y piezas breves muy cercanas a la cultura popular, difundidas en impresos de amplia circulación.
- José Zorrilla. Varias de sus narraciones y temas románticos fueron adaptados y difundidos mediante pliegos populares en el siglo XIX.
Además de los autores literarios, la
producción de cordel estuvo muy ligada a impresores y recopiladores que
actuaban como transmisores culturales, como Agustín Laborda (Valencia, siglo
XVIII) y José María Moreno (Andalucía, siglo XIX), cuyos talleres publicaron
numerosos pliegos de cordel.
