Es el nombre con el que se designa a una civilización que floreció en la Baja Andalucía al tiempo que comenzaban las colonizaciones fenicias y griegas por el Mediterráneo. El nombre representa un enigma que las investigaciones arqueológicas e historiográficas han ido descubriendo desde que A. Schulten iniciase la búsqueda de la mítica ciudad a la que los griegos veneraban como la más fértil y rica de Europa. Posteriores estudios lingüísticos, arqueológicos e históricos llevados a cabo por investigadores como J. de Mata Carriazo, M. Gómez-Moreno, J. Maluquer, J. Alvar y J. María Blázquez, han rastreado las evidencias históricas desde los textos y leyendas, que se cuentan por centenares sobre los Tartessos.
La palabra Tartessos evoca misterio, y una cultura avanzada, desarrollada entre los s. IX y VI a.C., por su riqueza en minerales (oro, plata, estaño y cobre), su avanzada artesanía, y su interacción con otras culturas del Mediterráneo, que la convierten en un importante centro comercial.
Se extendió desde la costa peninsular meridional con centro en el valle del Guadalquivir (Turdetania), hasta la desembocadura del Tajo y del Segura (Huelva, Sevilla, Cádiz y Badajoz), alcanzando su máximo apogeo entre los s. VIII y VI a.C., y derivando en un gran desarrollo económico por la explotación minera, el desarrollo de una escritura propia, y los complejos sistemas artesanales, urbanísticos, funerarios…. Los viajes de Coleo de Samos (Heródoto) nos muestran la floreciente ciudad de Tartessos sobre el 1000 a.C. La costa andaluza había avivado la formación de grandes culturas desde el tercer milenio a.C., como la cultura de Los Millares o El Argar.
En el s. IV a.C. el historiador griego Éforo de Cumas citó a Tartessos como una ciudad ilustre, regada por un río con gran cantidad de metales y un mercado muy próspero, y como no quedaba ni rastro de dicha civilización, algunos la identificaron con la legendaria Atlántida de Platón, hasta que en el 1958 se descubre el tesoro de El Carambolo, como primera evidencia arqueológica de la misteriosa civilización que tomó el nombre del río Guadalquivir, llamado antiguamente Tartessos, a cuyas orillas se desarrolló. Diodoro Sículo, historiador griego, hace referencia a Tartessos en sus escritos, y el geógrafo griego Estrabón, en su obra “Geografía”, menciona la abundancia de plata. Sus primeros hallazgos se encontraron en la zona del moderno puerto de Huelva, de la segunda mitad del s X a.C. Con las industrias floreciendo, los fenicios comenzaron a colonizar las costas del sur de España, formando una red de ciudades en el s. VIII a.C., con fines agrícolas, aunque el marisco y la cría de ganado también eran importantes fuentes de alimentación en Tartessos.
El
testimonio más antiguo que las fuentes griegas ofrecen sobre Tartessos procede
del poeta Estesícoro de Hímera, que vivió entre los s. VII y VI a.C. El poeta
heleno manejó los testimonios de Plinio el Viejo y la Teogonía de Hesíodo, en
la que Tartessos aparecía como un río cercano a Erytheia, una de las tres islas
en las que estaba dividida Cádiz. La localización de Tartessos como un río (el
Guadalete o el Guadalquivir) queda avalada por el gran geógrafo Estrabón. Hay quien
lo ha identificado con el río Tinto por su riqueza minera.
Hecateo
de Mileto (VI-V a.C.) habló de Tartessos como un país, calificativo que puso en
duda Heródoto. Éforo lo trató de ciudad, y en el s. IV a.C., lo hizo Festo
Avieno en su obra Ora Maritima, cuyos testimonios fueron esgrimidos por
Schulten para otorgar a Tartessos el status de ciudad. Hoy los hallazgos e
investigaciones arqueológicas sostienen que Tartessos fue, una compleja y rica
cultura, con un gran desarrollo en la Baja Andalucía, como lo prueban las
excavaciones realizadas en Huelva, Almuñécar, Vélez, Algarrobo, Setefilia, el tesoro
de El Carambolo (600-550 a.C.) y Aliseda.
Su historia se inicia en el periodo de Bronce tardío (sobre el 900 a.C.), con la presencia de los primeros influjos de la cultura en Andalucía oriental, con un importante apogeo social y cultural, con asentamientos estables y jerarquizados. Tartessos quedó definido como el río que bordeaba la ciudad o la isla de Erytheia. Erytheia es el nombre de la hija de Gerión, cuyo hijo Norax colonizó Cerdeña. Descendientes del linaje de Norax fueron otros dos legendarios reyes de Tartessos (Gárgoris y Habis). Gárgoris enseñó al pueblo el uso de la miel y su valor (el comercio). Habis (hijo de Gárgoris) enseñó a su pueblo la agricultura y las leyes, gobernando pacíficamente durante largos años, en el esplendor tartésico. El linaje de Gárgoris y Habis enlaza con el del único monarca tartésico que cuenta con datos históricos fiables, Argantonio que gobernó en Tartessos entre el 650 y el 550 a.C. Los diferentes mitos entremezclados muestran la evidencia de un componente céltico (la tricefalia de Gerión), y otro mediterráneo, representado por los reyes-agricultores y reyes-legisladores. Heródoto escribió sobre una ciudad portuaria más allá de las Columnas de Hércules, lo que llevó a algunos investigadores a pensar que Tartessos era un cuerpo de agua, y a otros que era un puerto (cerca de Huelva). Incluso hubo teorías, inspiradas en los escritos de Aristóteles, de que Tartessos era la Atlántida mítica (falso para la comunidad científica). Tartessos a pesar de ser conocido sobre el primer milenio a.C., permaneció en el ámbito de lo mítico hasta que los arqueólogos encontraron rastros de su cultura en la segunda mitad del XX. Se han identificado más de 20 yacimientos tartésicos en España, entre los que están Cancho Roano, Turuñuelo y La Mata.
Algunas
de su características son:
- Su nombre representa la primera civilización localizada en el occidente de la PI.
- Es el primer estado organizado y citado en la Biblia (Ezequiel lo menciona como un importante centro metalúrgico y una gran red comercial).
- Fue el primer pueblo que logró relacionarse con varios pueblos del Mediterráneo oriental.
- Tenía una amplia e importante riqueza minera, especialmente de metales preciosos.
- Era considerado un pueblo de gran esplendor, localizado en una región bañada por el río Tartessos.
- Tuvieron contactos comerciales y culturales con fenicios y egipcios, lo que influyó en su desarrollo.
- Formaron ciudades importantes, como Asta Regia (Jerez de la Frontera) y Spal (Sevilla).
- Desarrollaron una lengua y escritura propias, que aún sigue sin descifrarse del todo.
- La sociedad estaba muy jerarquizada, y la división del trabajo artesano fue el principal factor de cohesión social.
- El gobierno se basaba en la monarquía con una sede en un lugar determinado desde donde se ejerce el control del territorio.
- Su religión era politeísta y tenían un dios masculino a quien rendían tributos.
Cultura
y sociedad. Estrabón, en su Magna Geographia,
habla de los turdetanos como el pueblo más culto de la PI. Y de los anales y
leyes conservados por escrito desde el rey Argantonio. Éforo cita varias leyes
o costumbres tartésicas, como la prohibición a los jóvenes de testificar contra
los ancianos (jerarquía social). Respecto a los cultos, se cita todo un elenco
de santuarios dedicados a la adoración de diferentes divinidades, especialmente
al sol, a la luna y a fuerzas semidiabólicas a los que dedicaron santuarios
como el de Cádiz para Afrodita, o el de Zephyrus, dios del viento. Su cultura
se divide en dos fases, la geométrica se relaciona con la etapa de Bronce final,
y la orientalizante. Las fuentes de sus manifestaciones culturales son los escritores
griegos y los hallazgos arqueológicos. Dominó el arte influido por los fenicios,
como se ve en los objetos extraídos de excavaciones, ánforas y vasos (de cerámica
y vidrio), con una riquísima decoración polícroma. Los estudios de J. de Mata Carriazo
sobre los materiales encontrados, en el formidable y sofisticado tesoro de El
Carambolo, revelan que los Tartessos, si bien humildes en sus construcciones, dedicaron
gran parte de su riqueza a la compra o elaboración de diferentes objetos de oro
y plata, en especial brazaletes, diademas, gargantillas, collares, pulseras, cinturones,
anillos y pendientes (no se conocen obras de arte como tal, ni tumbas, pero fueron
muy hábiles con la fundición a la cera perdida). La vestimenta de gala debió ser,
como la que muestran las estatuas de Damas peninsulares (Elche o Baza).
Mientras que los fenicios comerciaban con los metales
españoles en ultramar, los pueblos indígenas asociados se beneficiaban
controlando las minas o proporcionando alimentos, mano de obra y madera. A
finales del IX a.C., los miembros de las diferentes dinastías comenzaron a
hacerse sepultar en túmulos funerarios, que originalmente albergaban a un
individuo, pero con el tiempo se llenaron con otros. Siguiendo la tradición
fenicia, los restos cremados de los fallecidos se guardaban junto con el ajuar
en una urna. El ajuar funerario habitual consistía en vasijas y joyas de bronce
(fíbulas y hebillas de cinturón), ambos de influencia fenicia. En la necrópolis
onubense de La Joya hay un enterramiento excepcional en un enorme túmulo del s.
VII a.C., que cubría un único enterramiento en una amplia cámara de piedra. El
difunto iba acompañado de dos valiosísimos cuchillos de hierro con mangos de
marfil, un incensario de bronce, y un carro de bronce con dos ruedas a la moda
oriental.
Los asentamientos se concentraban, sobre todo, en zonas cercanas a los ríos. Los fenicios trajeron nuevos cultivos como la vid y animales (burros y gallinas), haciendo más productiva la agricultura y la ganadería. La aportación griega fue el torno de alfarería. En el conjunto de piezas de oro de La Aliseda se aprecia el influjo fenicio. Su poderío económico se basaba en los metales, siendo considerada como el principal proveedor del Mediterráneo. Las excavaciones realizadas han ofrecido materiales, cerámica, herramientas, adornos y joyas. Salvo la plata de Cerdeña y el oro del Atlas norteafricano, el resto de Europa no tenía minas de importancia o no se habían descubierto todavía; por contra, la costa andaluza era rica en todo tipo de metales. Tal riqueza ya había estimulado la formación de grandes culturas en la zona desde el tercer milenio a. C., como la cultura de Los Millares o El Argar. Ello explica que los fenicios, abandonaran Cerdeña y fundaran Cádiz sobre el 1100 a.C. Los rendimientos mineros obtenidos por los tartésicos fueron altísimos, a cambio, recibía telas, ámbar, cerámica y adornos de diversas zonas de Oriente, además de ánforas de vino y aceite, con lo que su cultura y sus tipos decorativos se orientalizaron. La demanda de metales fue tan grande que, a partir del s. VIII a.C., existe la total certeza de un comercio entre Tartessos y las costas atlánticas (Galicia, la Armórica y las Islas Británicas).
Legado. Son muchos los objetos encontrados que forman parte de
su legado, desde vasijas, monedas, cinturones, estelas funerarias…. Gracias a
ellos, la mayoría de los pueblos peninsulares lograron desarrollar la primera
escritura, mejorar la agricultura, y fundar los primeros centros urbanos. El
Tesoro de El Carambolo refleja la maestría y el estilo único de los artesanos
tartesios. Las teorías y leyendas, como la del mítico “El Dorado” (aunque se
asocia con las leyendas de América del Sur), han influido en la literatura, el
arte y la música españolas. Los escritos de Heródoto y otros autores sobre una
región rica y poderosa al oeste del Mediterráneo han alimentado esta teoría.
Desde finales del s. IX a.C. se explotan los recursos metalúrgicos en la región
del río Tinto. Los metales procesados se llevaban a los centros de distribución
(la actual Cádiz) y luego se enviaban al extranjero. Estrabón menciona que
incluso las anclas de plomo o piedra de las naves que zarpaban fueron
sustituidas por otras de plata, y Diodoro Sículo añade que los fenicios
tuvieron que talar muchos árboles de Sierra Morena para calentar los hornos de
fundición. El primero en formular la identificación entre la Atlántida y
Tartessos fue Adolf Schulten, basándose en las semejanzas que el emplazamiento
de Tartessos tenía con la descripción mitológica que Platón escribió en su obra
La Atlántida (utilizando la geografía y cultura tartésica describió una ciudad
sumergida). Gadeirike, donde dice Platón que se produjo la catástrofe, evoca en
su raíz al Gadir fundado por los fenicios, y la explicación dada del mito de La
Atlántida no es más que de otro topoi. Separando la dualidad mítica
Atlántida-geológica y la Atlántida-geográfica y cultural, Tartessos, histórica
y mitológicamente, guarda gran similitud con los escritos de Platón.
La civilización tartesia nos ha dejado un legado enigmático en el campo de la escritura. La escritura tartesiana o del suroeste, es una de las manifestaciones escritas más antiguas de la PI. Es una serie de signos que varían en forma y diseño, y aunque comparte algunas similitudes con la escritura fenicia, también presenta características únicas que la distinguen. Su desciframiento ha sido un desafío para los historiadores y arqueólogos, pero el significado exacto de muchas inscripciones sigue siendo un misterio.
Declive. A principios del s. VI a.C., se produce el declive fenicio,
que después de años de lucha continua, pierde su tierra ante los persas y comienzan
a abandonar sus colonias en España. Esto produce un ocaso en todo Tartessos, y
los pueblos alrededor del golfo tartesio son abandonados. Las minas y sus industrias
relacionadas son cerradas. La ironía de la civilización tartésica es que
desaparece cuando parece estar en su momento de apogeo, a finales del VI a.C.
durante el reinado de Argantonio (670-550 a.C.), el único de sus monarcas
conocidos, y con dos hechos históricos relevantes en la historia del
Mediterráneo antiguo (sobre el 520 a.C. los babilonios conquistan las ciudades
fenicias, y los griegos, aliados de los tartesios, son derrotados por una
coalición de cartagineses y etruscos). Por estas dos causas, las colonias
griegas y fenicias en el oeste del Mediterráneo quedan aisladas de sus
metrópolis. Si bien no es descartable la teoría de un colapso económico, bien
por la pérdida de sus socios comerciales, por el agotamiento de los recursos
con los que comerciaban, o una combinación de ambos factores. El único hecho
seguro es que alrededor del año 500 a.C. deja de haber noticias de los
tartesios. Pudo desaparecer por la posible decadencia social y política que,
por su estructura social, la llevó a su caída, o por la creciente influencia de
Cartago en la región. Los cartagineses, rivales de los fenicios, podrían ver a
Tartessos como una amenaza y buscado su destrucción o asimilación. Además, la
expansión de los pueblos celtas también podría haber jugado un papel en su
desaparición. A partir de entonces la historia se mezcla con la leyenda,
especialmente con el mito de Hércules, que habría viajado hasta aquellas
tierras para realizar el décimo de sus trabajos, consistente en matar al
gigante Gerión (rey tricéfalo, señor de los bueyes, donde subyace el animal
mimético por excelencia del mundo mediterráneo, el toro (que representa la economía)
y la estrella tartésica (de 8 puntas de origen religioso y mitológico para adorar
al sol). Fue precisamente este héroe quien dio nombre al lugar que marcaba el
extremo sur occidental del Mediterráneo de los dominios tartésicos (las Columnas
de Hércules, el peñón de Gibraltar y el monte Musa). La teoría actual es que
pudo haber un terremoto a mediados del s. VI a.C., seguido de un tsunami que
pudo afectar a los principales puertos tartesios, y que sería la causa de su
rápida caída.