Todo ser humano aspira llegar a la felicidad, y siempre la sitúa más allá de lo que tiene en ese momento, la ve como si fuera algo que tuviera que alcanzar, sin embargo, la felicidad se encuentra presente en todo momento, lugar y persona. Es una posibilidad del presente, algo que se tiene, y que simplemente no se ha observado, no se ha sabido experimentar, o no se sabe ver.
Se asocia a tener una casa, automóvil, salud, cariño, dinero…, y por sí sola no se comprende, pero la felicidad no llega por la cosas materiales, ni espirituales. Se es feliz sólo por un estado de conciencia, un momento en la vida del individuo, una forma distinta de sentirse, de verse a sí mismo, y a todo su entorno, así pues, no esperemos encontrarla en algún momento futuro, ni cuando consigamos tal o cual cosa, porque la felicidad está siempre en el presente, está ahora, ha estado siempre con nosotros y estará siempre en nuestras posibilidades. Pero debido a las mentes inquietas y a los corazones no entrenados, esos estados son de muy corta duración e involuntarios, y el individuo, incluso, ni siquiera llega a sospechar que por instantes ha tenido momentos de felicidad. Si dejamos correr la mente y nos sumergimos en los pensamientos, notaremos que nuestro ser interior está lleno de anhelos, deseos insatisfechos, ganas de cambiar las cosas, está siempre mirando al futuro o al pasado, y en ese agitado mundo mental interior en el que nos movemos, no existe un espacio en donde se siente tranquilamente, y observe y experimente la alegría de estar vivo, y la felicidad.
Debemos distinguir bien el impulso de la evolución y la felicidad. Cuando la fuerza que actúa es la de la evolución y nos movemos de un estado a otro, luchando por ser mejores, tener más cosas, o un mejor control sobre nosotros mismos, entonces, nuestro esfuerzo y voluntad está dedicado a la consecución de esos fines, pero en el momento que esa fuerza cesa, y observamos lo que tenemos, entra en acción la fuerza de la felicidad. El camino a la felicidad es un sendero que oscila entre la alegría de aceptar las cosas y experimentar el estar vivo en todas sus manifestaciones, y ese otro estado que impulsa al cambio, a la superación, a moverse hacia niveles mayores de armonía y realización. El equilibrio entre los dos estados es clave para la armonía individual, pero las fuerzas y tendencias que los hombres manifiestan son rumiadas en sus mentes, volviéndole incapaz de mantener un impulso continuo y sostenido hacia un ideal, impidiéndole alcanzar sus metas personales, y manteniéndole estancado en el mismo estado en que se encuentra, dando como resultado a un ser con conflictos.
Los procesos mentales dificultan al hombre percibir el presente como el único estado de conciencia que es capaz de concederle la felicidad. Aun cuando la persona puede evocar recuerdos dulces de su pasado, o sueña hechos de su futuro, la felicidad la experimenta en su presente, aunque para esto haya tenido que recurrir, a experiencias pasadas o a sueños futuros. Sin embargo, en esta búsqueda, cuando el ser humano alcanza cierta edad y siente mermadas sus capacidades para modificar, tanto su vida personal, como el entorno en que se mueve, su mente busca cada vez más a menudo, los recuerdos del pasado, volviéndose un problema, porque le incapacita para seguir resolviendo los problemas cotidianos (vivir en el pasado o en el futuro es perderse la oportunidad de seguir evolucionando).
La mente tiene una gran influencia sobre los estados de ánimo, y su
patrones de conducta son el resultado de las asociaciones que hace incitadas por
las experiencias. Para disfrutar de la felicidad hay que estar integrado, por
lo que debemos abocarnos a la tarea de la integración consciente, permaneciendo
con la atención mental y emocional en lo que su cuerpo físico está realizando (esto
debemos hacerlo regularmente). Ser feliz representa la alianza entre el ser y el
entorno, cuando la mente y las emociones están atentas a los mensajes del mundo
físico existe integración; cuando el ser humano desfasa sus pensamientos
mandándolos hacia un pasado o un futuro (para fugarse de una realidad insatisfactoria),
decimos que el ser humano está desintegrado. Sin embargo, es tan fuerte la tendencia
del hombre a perderse en laberintos mentales, que es preciso dar unas técnicas que
le permitan volver a su estado ideal del presente, con unos principios o claves
universales, que le dejen afianzarse en su presente y aprender a disfrutarlo
como:
Lo que recibo hoy es lo
que sembré ayer, y lo que siembre hoy será lo que reciba mañana. Como ley universal,
ésta se cumple en todos los niveles y reinos. El hombre ha logrado construir
una sociedad, que, dentro de sus conflictos, problemas y crisis, presenta
opciones para seguir caminando hacia estados más armónicos. Si observamos a la
humanidad actual y vemos que un ochenta por ciento de las personas no son sino
el fruto de las mismas condiciones bajo las cuales su vida se desarrolla; sus
emociones no son sino aprendizajes que ha tenido que llevar, gracias a la
convivencia forzada por su familia o amistades. La evolución del hombre impulsa
a la humanidad a avanzar hacia terrenos desconocidos, pero los obstáculos que
el camino presenta van marcando la pauta por la que la humanidad seguirá su
curso, y si el ochenta por ciento no son sino el fruto de la sociedad, con sus
conflictos y problemas, la esperanza está en ese veinte por ciento que da las
pautas a seguir al resto de la humanidad. Es indispensable, que los que han
encontrado una solución a los conflictos, tomen acciones concretas que permitan
la reeducación de la humanidad. Las sonrisas
engendran sonrisas y las lágrimas engendran más lágrimas. Cierto es que las
lágrimas, en ocasiones, nacen de una profunda felicidad, pero, en esos
momentos, las lágrimas no hacen sino desmoronar las limitaciones, creencias y
los valores que impedían alcanzar una felicidad; las lágrimas son el resultado
de la resistencia que hace el ser humano por evitar ser feliz.
Yo soy un ser único,
nadie me comprende mejor que yo, ni sabe lo que yo necesito mejor que yo. A lo largo
de la vida seguimos los ejemplos dejados por otros, y somos impulsados por los
comentarios que nuestras familias, amistades, o personas importantes para
nosotros. Los consejos de otros los escucharemos con respeto, pero entendiendo
que nuestras vidas son únicamente nuestras y que en el camino cada paso que
damos nos acerca o aleja de la meta que nos hemos definido. Si queremos la felicidad, busquémosla con nuestras acciones, cuidemos
cada uno de nuestros pasos, para que la respuesta que obtengamos del otro sea
la que esperamos. El ser humano es único en sus características personales,
pero vive inmerso en la sociedad, y por su continua interacción
individuo-colectividad, se produce un estado que puede llevar a la felicidad
permanente, o bien, a un estado conflictivo que atrapa al ser y lo lleva a
vivir una vida miserable. Muchos individuos sufren estados permanentes de
desarmonía y al verse incapaces de romper esas largas cadenas de sufrimiento,
buscan otras opciones, entran en acción los mecanismos de defensa y aparecen
las patologías. Todos los juicios que otras personas elaboran acerca de
nosotros son parciales, incompletos, y fruto de su propia percepción de la
realidad, como la que nosotros tenemos de ellos, por lo que, así como sus
juicios no son válidos acerca de nosotros, tampoco los nuestros serán válidos para
ellos.
Nadie va a darme la
felicidad, sólo yo puedo conseguirla. El hombre es responsable de su vida, y de
la búsqueda y esfuerzo por hallar lo que busca. La diferencia entre la
felicidad que proviene de la integración en el presente y la que se logra
mediante el haber alcanzado ciertos objetivos, o el haber sucedido ciertas
cosas, reside en la permanencia de la primera y en la temporalidad de la
segunda, pues la felicidad sigue dependiendo de que las condiciones externas se
mantengan y no cambien. La felicidad es una
experiencia real, vivida, y experimentada únicamente por el ser, e imposible de
ser transmitida a los demás; sólo se comprende tras haberla experimentado, aunque
no puedas describirla. Para unos es una palabra mágica que se pierde en algún
sueño, pertenece a otro mundo y, por lo mismo, inalcanzable. Para otros está
tan devaluada, que afirman que son felices, aun cuando internamente viven en un
mundo lleno de angustias, temores, e inestabilidades emocionales. La felicidad
se encuentra siempre al alcance de todos los que se atrevan a vivir en el
presente y disociar perfectamente los dos aspectos que la misma naturaleza
humana les presenta (el impulso de la evolución y la necesidad de aceptación).
Estoy al servicio de
la humanidad. Todo lo que yo haga, diga, piense o sienta, servirá para la gloria
o perdición de la humanidad. Mi misión en la vida es ser feliz y hacer feliz a
los demás, de aquí que los esfuerzos sean en beneficio de la humanidad. Al decidir
tomaré en cuenta el beneficio del mayor número de personas.
Ni el pasado ni el futuro
pueden lastimarme, sólo el presente tiene valor en mi vida. La persona da todo el
valor al momento presente y resta importancia a los hechos pasados que le causan
remordimientos, y a los hechos futuros que le causan angustia.
Mi cara es el reflejo
de mi estado interior. Adornemos el rostro con la sonrisa, y los ojos prestos a
mandar una mirada de amor, porque así estaremos reflejando la serena armonía de
quien camina por el sendero de la felicidad.
Sólo yo decido lo que debo hacer en este momento. Las influencias ajenas son sólo eso, influencias, y él, en el amos y paz interior, es el único que decide qué hacer en ese instante.
Mas allá de estos principios, está el pasado, el presente y el futuro, que se asemejan a una bifurcación de caminos:
- El del medio es el presente, es un sendero firme, quieto, no se mueve, es el hombre el que camina y avanza sobre él.
- El de la derecha es el del futuro, el de los sueños, fantasías, angustias y temores. Este lleva al hombre al futuro, es el sendero el que se mueve y después da vuelta sobre sí mismo, dejando al hombre con la sensación de no haberse movido ni un milímetro del lugar en que se encontraba.
- El de la izquierda se mueve hacia atrás, y sumerge al hombre en las tinieblas, presentándole imágenes fantasmagóricas, alguna agradables y otras desagradables. Este camino también se mueve, aunque más lento, y en donde las escenas se vuelven más dolorosas o agradables; parece como si el sendero se detuviera unos instantes mientras las imágenes embelesan a la persona, y, repentinamente la persona regresa estrepitosamente al sendero original del presente.
- Los
estados de baja energía. Son los
estados negativos, llámense depresiones, angustias, nervios, temores u otro similar;
en los estados de baja energía, las personas a su alrededor sienten un desgaste
energético por la simple interacción con las personas que se encuentran con
baja energía.
- Los
estados de alta energía. Por el
contrario, en los estados positivos, tales como la felicidad, el optimismo, el amor,
la comprensión o la unidad, la persona se convierte en donante, y las que se encuentran
a su alrededor, son beneficiarias de la energía que esas personas acumulan y generan.
Todo el mundo rehúye de las personas con bajas energías, porque es
muy dañino convivir con ellas; en cambio, las donantes de energía serán buscadas
y nunca les faltará amistades para relacionarse. Los estados de alta energía son
los deseables, son los estados a los que aspiramos llegar, porque producen beneficios
para todos los que los rodean, mientras que los estados de baja energía sólo producen
conflictos, problemas e interrupciones en las relaciones armónicas.
La persona que se preocupa por cosas que ya pasaron y acerca de las cuales nada puede hacer, vemos que mentalmente se encuentra ligada a un pasado que le lastima. Por otra parte, las angustias ocasionadas por hechos que se encuentran en un futuro próximo o lejano, son zonas mentales que desgastan energéticamente a la persona. La persona que modifica sus estados de ánimo, simplemente por mantener activada esa zona de su mente que tiene que ver con su pasado o su futuro, gasta toda la energía que tiene disponible para trabajar en su presente y la imposibilita a actuar adecuadamente. Hacer una cuidadosa valoración de las experiencias pasadas para extraer de ellas las lecciones que podamos emplear en el presente, es una gran inversión de sus energías, y la acción es la primera etapa del camino.
Para terminar decir que la felicidad la podemos basar en el amor, el trabajo, la cultura y la amistad. Hemos de cultivar los cuatro pilares, ordenando la vida con vínculos sanos, alimentando la mente y rodeándonos de personas que sumen:
- El amor auténtico es entrega, respeto y comprensión, y le debes cultivar con ternura, comunicación y pequeños gestos.
- El trabajo ayuda a tener rutinas y prosperar. El esfuerzo y la responsabilidad nos ayudan a crecer, sentirnos útiles y conectados a un propósito.
- La cultura es el alimento del alma y clave para abrir nuestra mente, nos da criterio y nos enseña a pensar por nosotros mismos.
- La amistad verdadera se basa en la lealtad, la confianza y la alegría compartida. Un buen amigo te comprende e impulsa a ser mejor.
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