viernes, 24 de abril de 2026

LA RETÓRICA


La retórica es el arte de hablar o escribir de forma hermosa y persuasiva (oratoria, sofistería).

Es el estudio filológico de las propiedades y forma de los discursos (elocuencia, lirismo).

Es el lenguaje muy afectado o recargado usado generalmente para impresionar (afectación, énfasis, tropo).

Es un exceso de palabrería o razonamiento inútil (verborrea, monserga, labia).

Es el arte y la disciplina de utilizar el lenguaje, hablado o escrito, de manera estructurada, estética y eficaz para persuadir, convencer, deleitar o conmover a la audiencia.

La RAE la define como el «arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia para deleitar, persuadir o conmover». Por ello también tiene implicaciones emocionales para lograr convencer, impactar o seducir a la audiencia que lo escucha.

Antes del nacimiento de la escritura, el hombre sintió la necesidad de mover el ánimo de los demás con el poder de la palabra, pues se comprobaba cómo un discurso cuidado lograba lo que era incapaz de conseguir un razonamiento acompañado de palabras carentes de cualquier signo de elegancia.

Su desarrollo y constitución como ciencia del lenguaje hablado y escrito no tuvo lugar hasta el siglo V a.C. en la Grecia clásica, cuando en distintos ámbitos de la vida de la polis, la retórica se impuso como muy útil en las disputas particulares, en los debates filosóficos y en las discusiones asamblearias o forenses.

Emerge como disciplina de derecho y se cultiva con conciencia plena por los sofistas. Estos dominaban la lógica argumental y eran expertos en el uso del lenguaje, pues lograban fortalecer un argumento o una causa débiles por medio de las palabras. Esa habilidad para convencer que poseen aquellos capaces de utilizar el lenguaje a su antojo ha llevado a asociar la retórica a su vieja definición (un hombre bueno, hábil para la palabra). En ella, pronto comenzó a verse un instrumento para el puro engaño, una asociación de la que Platón brinda sin duda el más temprano y contundente de los testimonios (en su diálogo de Fedro arremete contra la oratoria de Lisias). Así se explica que sofista, sofisma y otras palabras de esa misma familia valgan lo mismo que "embaucador o engaño".

Sócrates tiene, como buen sofista, su técnica de convicción en la mayéutica.

Con Aristóteles ya tenemos un corpus teórico definido (Retórica es una de sus obras que se compone de tres libros: el primero trata de la estructura y especies de la retórica; el segundo sobre lo que se puede razonar y lo que está sujeto a la razón o a las emociones; y el tercero sobre la forma más adecuada de construir discursos para persuadir), pero la madurez de dicha técnica se alcanza con los romanos, cuyos tratados retóricos definen ya tres campos de actuación básicos como una retórica:

  • Forense o judicial (jueces, fiscales y abogados intentando ganar el pleito).
  • Deliberativa, propia del senado y la asamblea (espacio propio para el debate político).
  • Epidíctica o laudatoria (que enseña a elogiar a un individuo, a un grupo, a una ciudad, etc.).

Con Cicerón y sus obras como «De inventione», «De oratore», «Catilinarias» (ataca al político opositor), o «Pro Archia» (hace de abogado defensor) la retórica toma un gran auge.

La retórica clásica recuerda que hay personas que nacen con cierta habilidad para hablar y escribir (poseen dicha virtud desde la cuna), pero no olvides que con el «ars» podemos incrementar nuestra facundia para hablar de modo brillante.

Para dominar una técnica u oficio que el paso de los siglos había ido perfilando, la enseñanza ponía énfasis en el recurso a unos comodines denominados tópicos, que se repartían hábilmente en el conjunto del discurso. Éste se dividía en cinco secciones:

  • Exordio o inicio.
  • Narración o exposición de los hechos.
  • Argumentación o defensa de la propia postura.
  • Refutación o rechazo de la ajena.
  • Epílogo o final.

Al comienzo de un discurso hay que poner un exquisito cuidado en captar a los oyentes y en disponerlos para prestar su oídos, por ello, hay que utilizar tópicos como el de la brevedad, ya que un mensaje largo resulta insoportable para el público; hay que asegurar que lo que se va a oír es algo nuevo, pues la repetición de ideas o argumentos manidos serían insufribles; del mismo modo, son muy importantes las diferentes formas encomiásticas hacia el auditorio. El final del discurso se caracteriza por la alta densidad en tópicos y donde hay que recoger los frutos de una serie de argumentos perfectamente urdidos.

La importancia de la retórica no solo afectó al discurso hablado sino que alcanzó al escrito, pues cualquier texto literario posee idéntica materia prima. Durante el Medievo, la retórica fue enseñada en las escuelas entre las principales disciplinas del conocimiento, junto a la gramática y la lógica, y se fue especializando en determinados géneros o formas del discurso, así, aparecieron las artes dictaminis o dictandi (técnica para escribir cartas a destinatarios de diferente condición social), las artes praedicandi (para formar a los predicadores), las artes notariales (que dan formularios a cancilleres, secretarios y otros letrados), las artes arengandi (que enseñan a un caudillo a dirigirse a sus tropas) y otras tantas modalidades.

En el Renacimiento se modificó algo esa herencia pero, al tiempo, fortaleció el uso de la retórica y amplio el su ámbito de actuación.

Desde entonces hasta nuestros días la retórica, en forma de escrito teórico, ha tenido avances y experimentado retrocesos, pero lo que nadie pone en duda, es la importancia de limar el discurso, ponderar sus miembros y hacerlo agradable a nuestros interlocutores, pues somos conscientes de que, nuestro universo depende por completo de la palabra, por ello, su dominio se revela como una de las principales necesidades, en cada momento de nuestra existencia.

Características de la retórica. La retórica busca persuadir a través del uso hábil del lenguaje, apelando a la lógica, las emociones y la credibilidad del hablante. El discurso se adapta a la audiencia en función de sus receptores, creencias, valores y preocupaciones. Cada discurso retórico tiene un propósito específico, que puede ser persuadir, informar, entretener o motivar a la audiencia. La retórica emplea una variedad de estrategias para lograr sus objetivos, como el uso de figuras retóricas, argumentos persuasivos, testimonios, el uso creativo del lenguaje y el estilo para captar la atención de la audiencia y hacer que el mensaje sea efectivo.

Según la retórica aristotélica, existen tres elementos clave en la retórica:

  • Ethos o la credibilidad y autoridad del hablante. La audiencia acepta mejor un argumento si confía en quien lo presenta.
  • Pathos o la apelación emocional del público. La retórica efectiva a menudo implica despertar emociones en la audiencia para ganar su simpatía o generar una respuesta emocional específica.
  • Logos o la apelación a la lógica y la razón. Un discurso retórico convincente incluye argumentos sólidos respaldados por evidencias y razonamientos lógicos.

La retórica, oratoria y dialéctica. Estos tres términos no son sinónimos, a pesar de que a menudo en el habla cotidiana podamos emplearlos de modo indiferente.

La retórica es el arte del bien decir, o sea, la capacidad o talento de dar a lo comunicado la expresividad necesaria para hacerlo realmente persuasivo.

La dialéctica para la RAE, es el arte de dialogar, argumentar y discutir. Es el arte de conversar, es decir enseña a debatir.

La oratoria, según la RAE, es el arte de hablar con elocuencia. Enseña a hablar bien y con eficacia ante los demás. Es la forma de aplicación al discurso oral de los elementos retóricos, o sea, la capacidad para aplicar la retórica a un discurso hablado.

Pero para que un discurso logre los objetivos requiere la unión entre los tres, ya que requiere que la persona tenga capacidad real de expresarse adecuadamente y de argumentar correctamente sus ideas, especialmente en escenarios que se prestan a la confrontación de pensamientos.

Para construir y estructurar bien un discurso es fundamental tener muy claro:

  • Lo que se quiere decir. Es el centro neurálgico de la retórica. Es necesario conocer las ideas que se quieren transmitir, así como la razón y el objetivo perseguido.
  • El cómo lo queremos contar. Hemos de pensar cuál es la mejor manera de estructurarlo, y dotarlo de forma y organización.
  • El modo de expresión. Hemos de conocer a la audiencia para adaptar el estilo y la forma en que nos dirigiremos a quienes se dirige la conversación o ante las que se va a debatir una cuestión.

La importancia de la comunicación no verbal. Aunque se identifica la retórica con la configuración de un discurso que está asentado sobre las bases de la comunicación verbal, también es cierto que la expresión no verbal ha ido ganando protagonismo en nuestra sociedad. La razón es que los gestos, los silencios o, incluso, la postura corporal que adoptamos en un momento dado ante otro interlocutor puede llegar a decir tanto o más de nosotros como nuestras palabras. De esta forma, todos los elementos que aportan información sobre una persona (qué se dice, cómo se cuenta y cómo se muestra con su cuerpo al exponer el pensamiento) trabajarán de manera conjunta y el resultado final será más completo.

La retórica clásica. Contempla cuatro fases para elaborar y organizar un discurso: inventio, dispositio, elocutio y actio. Esto significa encontrar ideas, ordenarlas, expresarlas bien y presentarlas de manera eficaz.

Inventio o invenio (invención). La selección de los contenidos del discurso, la elección particular de los temas en la memoria, en los lugares comunes (o topoi), las ideas propias o heredadas de terceros que puedan servir para los fines comunicativos.

Dispositio (disposición). La organización de los elementos de la inventio en un todo estructurado, jerarquizado y organizado según la conveniencia argumental, echando mano a relatos, exposiciones o explicaciones para movilizar al otro a través de vías emocionales, racionales o morales.

Elocutio (elocución). La manera de expresar los argumentos. El equivalente a lo que consideramos hoy «estilo», se trata de la elección de los recursos lingüísticos idóneos para expresar verbalmente los materiales recopilados y ordenados previamente. Ello implica figuras retóricas, juegos de palabras, etc.

Actio (acción). Es la ejecución o acción del discurso y abarca la declamación, la voz, la gestualidad y la presencia del orador.

Una pregunta retórica es una interrogación que no necesita respuesta, pues está implícita. Como tal, es una figura literaria empleada como recurso expresivo, para enfatizar algún asunto o cuestión. Por otro lado, una pregunta retórica puede usarse para orientar al interlocutor sobre la dirección de nuestro discurso.

Las figuras retóricas o literarias. Son giros o recursos estilísticos del lenguaje que sirven para ilustrar, embellecer o enriquecer el discurso, tanto en el lenguaje hablado como el escrito. Algunas son:

  • Alegoría: al representar ideas abstractas con imágenes o narraciones.
  • Aliteración: repetición de sonidos consonánticos.
  • Anáfora: es la repetición intencionada de una o varias palabras al inicio de las frases.
  • Antítesis: al usar ideas, palabras o frases con significado opuesto.
  • Asíndeton: al omitir de forma intencionada las conjunciones o nexos entre palabras, frases o clausulas.
  • Elipsis: es la omisión de algún contenido del discurso que se considera ya dicho, obvio o que se desea omitir por alguna razón.
  • Epíteto: al usar un adj. explicativo que resalta una cualidad inherente o implícita al adj. al que acompaña.
  • Erotema: al formular una pregunta sin esperar respuesta del interlocutor.
  • Hipérbaton: al alterar el orden sintáctico de una oración.
  • Hipérbole: es una exageración intencionada con sentido figurado.
  • Ironía: es decir lo contrario de lo que se quiere expresar.
  • Metáfora: consiste en comparar dos cosas, sin usar como, o bien llamar a una con el nombre de la otra.
  • Metonimia: al designar una cosa con el nombre de otra por su cercanía o relación.
  • Onomatopeya: al utilizar palabras que imitan fonéticamente un sonido.
  • Oxímoron: al unir términos contradictorios para generar nuevo sentido.
  • Perífrasis: o circunloquio al usar un rodeo verbal con varias palabras que podrían decirse con una sola.
  • Personificación o prosopopeya: es atribuir a un objeto inanimado características humanas, en un sentido obviamente no literal.
  • Pleonasmo: al usar uno o más términos redundantes en una expresión.
  • Polisíndeton: al usar de forma repetitiva y abusiva las conjunciones.
  • Quiasmo: al utilizar repeticiones cruzadas de estructuras sintáctica o ideas, en dos oraciones consecutivas.
  • Retruécano: al invertir el orden de los términos de una proposición en la siguiente oración.
  • Símil: o comparación explicita con nexos como o cual.
  • Sinécdoque: al usar una parte y representar el todo, o a la inversa.

Hoy la retórica sigue siendo importante en política (discursos persuasivos), publicidad (convencer consumidores), periodismo, educación, derecho, literatura (dar fuerza estética al lenguaje) y en la vida cotidiana (argumentar, debatir)… porque ayuda a influir en la forma en que otras personas interpretan un mensaje. Por otra parte, la retórica también puede emplearse con connotaciones despectivas, para señalar un uso impropio o inoportuno de este arte.

 

jueves, 2 de abril de 2026

SUBIDAS Y BAJADAS EN LA ENERGÍA HUMANA

 

A lo largo de la historia, el término energía se ha utilizado para traducir los vocablos griegos «energeia o dinamis», o latinos «virtus o vis», por lo que a menudo ha tenido el sentido de actividad, acto o fuerza.

Para Aristóteles, la energía es un estado de quietud y perfección de un ser, pero hoy se tiene una concepción activista, con un valor físico determinado en cuanto fuerza que se conserva, y al tomar el concepto de «dinamis» se introduce la idea de potencia.

A pesar de la distinción entre fuerza y trabajo de Kepler, y los aportes de Galileo al introducir el término momento y diferenciar la energía potencial (capacidad de un cuerpo de producir un trabajo por su posición) y la cinética (movimiento). Esta última llamada por Leibniz fuerza viva, para distinguirla de la fuerza muerta o energía potencial. La energía fue durante mucho tiempo algo misterioso, aun después de que Newton clarificara el concepto de fuerza. Hasta que J. Robert von Mayer plasma la teoría de la conservación de la energía «en un sistema aislado, la energía total es constante», luego con el descubrimiento de que la energía cinética se puede transformar llegó al principio de entropía o de la transformación, con la formulación de que «la energía no se crea ni se destruye, se transforma». Por ello la energía se expresa de forma mecánica, térmica, electromagnética, nuclear, gravitatoria, elástica, psicológica…

En el lenguaje cotidiano, el vocablo energía está muy unido al de vitalidad, dinamismo, acción, confort, etc., y en general se entiende como vigor físico, especialmente de carácter nervioso y muscular. De ahí se deriva su significado psicológico (el hombre tiene energía de carácter, cuando es capaz de llevar adelante acciones muy difíciles). Muchos han sido los filósofos y científicos que han investigado, sobre la energía interior. Así Reichenbach habló de Fuerza ódica; H. Bergson, del Élan vital (fuerza creativa e impredecible); Mesmer, del magnetismo animal (le valió el título de padre de la hipnosis)…

La energía humana obtenida, principalmente, a través de la transformación de nutrientes en ATP, se define como la capacidad del cuerpo para realizar trabajo y producir cambios. Pero además de esta función metabólica, el cuerpo humano genera impulsos eléctricos que controlan la transmisión nerviosa y la contracción muscular, funcionando como una central eléctrica que emite constantemente energía térmica (equivalente a una bombilla de 100 vatios en reposo) y cinética a través del movimiento (un adulto libera unos 3 kilovatios/hora de energía al día). La energía también puede almacenarse para ser usada cuando se requiera, y el ser humano la almacena a través de la grasa (lípidos) o azúcares. Mediante diversos procesos, el organismo transforma la energía química de estas sustancias en otros tipos, como puede ser la energía calórica necesaria para mantener la temperatura corporal.

La energía en psicología es el motor que permite hacer cosas (se observa en las ganas o falta de ganas, el cansancio, la motivación o la intensidad emocional). La energía es la capacidad, disposición, fuerza motriz o impulso interno que una persona tiene para, actuar (motivación), pensar (atención, concentración), sentir (intensidad emocional), dirigir y mantener la conducta, obedeciendo a leyes de conservación y transformación, y actuando como un intermediario entre la biología y la conciencia. Hoy se usa más como metáfora de recursos psicológicos limitados como la atención, motivación, autocontrol…, que se gastan y se recuperan con el descanso.

La psicología energética usa técnicas que trabajan la energía emocional como una corriente corporal para reducir el malestar, la ansiedad y el miedo o bloqueos, ayudando a que las emociones fluyan de forma más equilibrada, combinando los sentimientos con estímulos físicos y somáticos. Podemos distinguir tres grandes formas de energía:

  • Emocional: proviene de las emociones. Si te sientes alegre o entusiasmado, notas que te comes el mundo.
  • Mental: recursos para actividades cognitivas (planificar, concentrarse, resolver problemas). Se agota con preocupaciones constantes o multitareas.
  • Espiritual o de sentido: sensación de propósito, valores, conexión con algo significativo, que da fuerza para sostener esfuerzos a largo plazo.

La energía psíquica humana depende de factores fisiológicos como el metabolismo basal , la edad, el sexo, la actividad física y condiciones de salud como el estrés, la depresión o la anemia. Además, el cuerpo funciona con ritmos, como el ritmo circadiano, que regula el sueño y la vigilia, hormonas y los niveles de alerta (de aquí que sea normal tener picos y bajones durante el día). La recuperación de la energía requiere gestionar la inteligencia emocional para alternar entre momentos de gasto energético y recarga, asegurando un equilibrio que evite la fatiga crónica y mantenga la capacidad de adaptación ante los estímulos.

Según las distintas teorías podemos hablar de:

Psicoanálisis (S. Freud). Para él la energía psíquica proviene principalmente de la libido o pulsión de vida y la pulsión de muerte, que transforman la excitación biológica en actividad psíquica, permitiendo que la mente haga el trabajo mental. Es una energía interna que impulsa deseos y comportamientos. Se distribuye entre diferentes partes de la mente (ello, yo, superyó) y si se bloquea o reprime, puede generar conflictos psicológicos.

Psicología de la motivación (A. Maslow). Aquí la energía se entiende como el nivel de activación o impulso para alcanzar metas. Se relaciona con conceptos como la motivación, esfuerzo y persistencia.

Psicología cognitiva (J. Piaget). Se habla de energía en términos de recursos mentales limitados. Atención, memoria y esfuerzo cognitivo.

Enfoques humanistas (A. Maslow). La energía se vincula al crecimiento personal. Se orienta hacia la autorrealización.

Las diferentes teorías se engloban en dos grandes enfoques:

Perspectiva psicoanalítica y dinámica. Sus teorías (Freud, Jung, Adler) postulan que la energía psíquica es una fuerza cuantificable que fluye entre el inconsciente y la conciencia. En este modelo, los conflictos entre opuestos (amor-odio) generan energía, y el bloqueo de su flujo hacia el exterior puede resultar en síntomas neuróticos, ansiedad o desequilibrios emocionales.

Psicología energética terapéutica (V. Cadarso). Esta combina la psicología occidental con medicinas orientales para tratar los desequilibrios emocionales como bloqueos de energía vital. Utiliza técnicas como el EFT (Técnica de liberación emocional) o tapping para restablecer el flujo energético, basándose en la premisa de que las emociones negativas y traumas están asociados a bloqueos físicos y energéticos que pueden ser liberados.

Estados de ánimo y energía.

Cuando se habla de la «buena o mala» energía de una persona, normalmente es la metáfora que se refiere a cómo interactúa con los demás (actitud, emociones que transmite, tipo de comunicación). Las emociones funcionan como una especie de electricidad interna que nos mueve, alerta y prepara para responder al entorno, pero también se agotan y hay que regularlas. R. Thayer describió estados de alta y baja energía humana con la combinación de dos ejes, el nivel de energía (alta/baja o cansancio/vitalidad) y el de tensión (alta/baja o calma/nerviosismo). Combinándolos identificó cuatro tipos básicos:

Energía tensa (alta energía y alta tensión). Se describe como energía tensa o estar excitado, con prisa, e ir acelerado. Hay actividad y ganas de hacer cosas, pero con nerviosismo y ansiedad. Genera una activación excesiva sin reflexión que puede llevar al agotamiento total si persiste. Útil a corto plazo para rendir, pero si se prolonga agota y estresa.

Energía tranquila (alta energía y baja tensión). Es el estado más favorable para trabajar, crear y relacionarse (óptimo rendimiento). Te sientes activo, concentrado, eficaz y a la vez relajado. Se caracteriza por la serenidad, el dominio personal, claridad mental, sensación de control y aumento de la creatividad y vitalidad.

Cansancio tenso (baja energía y alta tensión). Implica fatiga física y mental, nerviosismo, ansiedad, preocupación y baja autoestima. El cuerpo no puede más, pero la mente sigue preocupada o ansiosa. Te notas agotado y a la vez inquieto o ansioso, conciencia de malestar general.

Cansancio tranquilo (baja energía y baja tensión). Relajación, somnolencia, necesidad de descanso. Estado adecuado para dormir, desconectar y recuperarse. Predomina la fatiga, apatía o falta de motivación, pero sin gran nerviosismo.

Los estados de alta y baja energía humana son los niveles físicos, mentales y emocionales con los que funcionamos a lo largo del día. No son solo tener energía o estar cansado, sino combinaciones de motivación, claridad mental, emociones y vitalidad.

La alta energía puede manifestarse como agitación/manía cuando es excesiva (energía muy alta y tensa) o como vitalidad creativa cuando es tranquila. Son momentos en los que te sientes activo, enfocado y motivado. Se da alta concentración y claridad mental. Motivación y ganas de actuar. Emociones positivas (entusiasmo, alegría, confianza). Sensación de control y productividad. Se favorece con un buen descanso. Alimentación equilibrada. Actividad física. Propósito o metas claras. Emociones positivas.

La baja energía o anergia se vincula a la fatiga, falta de motivación, llegando incluso a somnolencia cuando es muy baja. Son momentos de fatiga, desconexión o falta de motivación. Se da cansancio físico o mental. Dificultad para concentrarse. Emociones como apatía, tristeza o irritabilidad. Sensación de sobrecarga o bloqueo. Se favorece con la falta de sueño, estrés crónico, mala alimentación, sedentarismo y problemas emocionales.

Ambos estados son naturales y necesarios. La alta energía sirve para actuar, crear y avanzar, y la baja permite descansar, reflexionar y recuperarse. El problema aparece si siempre estás en baja energía (agotamiento, posible burnout), o fuerzas alta energía constante que puede llevar a estrés o colapso.

Para pasar de una energía tensa a una tranquila lo mejor es bajar tensión sin perder el nivel de energía mediante buenos hábitos alimenticios, físicos, mentales y de estilo de vida (Escucha tu cuerpo y no le fuerces), y además:

Ejercicio físico ligero y regular. Caminar a paso ligero 20-40 minutos, aumenta la energía, reduce la tensión, y regula el estado de ánimo. Haz estiramientos suaves, para descargar adrenalina y cortisol sin agotarte.

Respiración y S. nervioso. Practicar la respiración lenta con exhalaciones más largas que las inhalaciones activa el nervio vago y envía señales de seguridad al cuerpo, bajando la tensión. Haz de 3-5 minutos de este tipo de respiración cuando te notes acelerado facilita el paso de estrés excitado a calma con energía. Se usan respiraciones conscientes, movimiento corporal simple y ejercicios de interocepción para bajar la hiperactivación del S. nervioso, aumentar la sensación de seguridad y equilibrar reacciones emocionales intensas (pánico, rabia).

Ritmos, descanso y estímulos. Respetar ritmos de sueño (dormir 7-9 horas) y tener un ritual nocturno sin pantallas disminuye la tensión basal y mejora la calidad de la energía al día siguiente. Exposición a la luz natural (amanecer o atardecer) ayuda a regular ritmos circadianos y cortisol, favoreciendo un estado de energía más estable y menos tenso. Alternar trabajo y descanso (técnica Pomodoro).

Pensamientos y atención. Redirigir deliberadamente los pensamientos hacia ideas más realistas y reconfortantes, reduce la tensión mental. Lleva la atención al presente y corta la rumiación a que mantiene la energía en modo tenso.

Interacción social y actividades agradables. Buscar o limitar la interacción social según seas más extrovertido o introvertido ayuda a ajustar la energía y tensión a tu estilo personal. Empezar una actividad agradable mantiene la energía y baja la tensión.

El EFT (Tapping/Liberación emocional con golpecitos). Es una técnica no invasiva que estimula puntos de acupresión con golpecitos (digitopresión) en meridianos específicos (coronilla, cejas, costados de los ojos, debajo de la nariz, el mentón, la clavícula o el pecho) mientras se enfoca en un problema emocional. Esto envía señales de calma a la amígdala (centro de amenazas del cerebro) y reduce la producción de cortisol, con ello desbloquea reacciones emocionales y reduce la intensidad de miedos, ansiedad o traumas.

Kinesiología aplicada (test muscular para diagnosticar la energía). Se observa la tensión o debilidad de un músculo al pensar en una situación o emoción, para detectar qué contenidos emocionales están bloqueados y trabajarlos directamente.

Imaginería y visualización guiada. Se combinan imágenes internas (hojas que fluyen en un río) con estímulos corporales para transformar la carga emocional de un recuerdo o una emoción, reduciendo su impacto negativo.

EL FEUDALISMO

El término feudalismo deriva de la palabra feudo (feodum en latín) y significa dominio o territorio. La aplicación del término feudalismo ...