Las cruzadas fueron unas guerras organizadas por la iglesia católica, dirigidas a conquistar y mantener el control sobre los lugares sacros, e hicieron que la peregrinación a Jerusalén se convirtiera en la práctica penitencial por antonomasia y anhelo de los fieles. Son muestra y expresión de las ambiciones de Occidente, para quienes la cruzada es sinónimo de virtud, pero para los bizantinos de calamidad.
Durante el s.
XIX, los historiadores católicos vieron en ellas la manifestación de la
religiosidad que impregnaba la vida medieval. S. Runciman puso de relieve los
aspectos sociales, políticos y económicos que subyacen en ellas. Los autores
del materialismo histórico buscan sus causas en los reajustes sociales del s.
XI; y casi todos admiten que el factor religioso no basta para explicar el
vasto fenómeno, y buscan causas como:
-Motivación
religiosa: La cruzada como guerra santa estuvo presente en el ámbito
socio-religioso de los s. V a X, como la conversión de los carolingios o la
Reconquista en Hispania. Pero para que surgiera el movimiento cruzado
intervinieron factores como la toma de conciencia de la Europa cristiana frente
a otras culturas (Bizancio o Islam). La lucha contra el enemigo (pagano,
infiel, hereje o adversario político) de la cristiandad se convirtió en misión
sagrada para detener la expansión del islam y recuperar el control en tierra
santa. La Iglesia las enmarca como un acto de fe, concede indulgencias
plenarias a sus participantes, ofrece exención de impuestos, promesas de gloria
y riqueza, establece hospitales, albergues y órganos de recaudación de fondos.
La I cruzada la predicó Urbano II tras la conquista de Jerusalén y ver en ella
un instrumento para poder superar las tensiones entre Roma y Constantinopla, y
como medio de desviar la guerra entre los cristianos hacia causas comunes a
todos. El programa papal impuso la supremacía jerárquica romana sobre la
ortodoxia bizantina, separada del catolicismo romano desde 1054 (Cisma de
Oriente), acentuando sus diferencias y terminó con la ruptura definitiva entre
Roma y Constantinopla, dando lugar a la cruzada como fenómeno religioso.
-Interés
político: Autores como J. Le Goff, o M. Zaborov ven en las ambiciones papales
el detonante esencial al aprovechar la profunda crisis del Imperio Bizantino,
por al avance de los turcos selyúcidas, quienes el 1071 vencen a los bizantinos
en la batalla de Manzikert, y ganan casi toda Anatolia. Tras establecer el
sultanato de Rum, Constantinopla se ve asediada por una coalición de selyúcidas
y pechenegos que amenazan con exterminar el Imperio. Esto unido a los relatos
que por Europa se oían sobre las atrocidades que los musulmanes cometían con
los peregrinos cristianos, obligó al emperador Alejo I Comneno a pedir socorro
a los cristianos occidentales y el papa. En la década de 1090 el clima
socio-religioso de Europa Occidental se mostraba favorable a una intervención
militar en Oriente, bajo la consigna papal de rescatar el Santo Sepulcro y
salvar a los cristianos del Islam. A finales del s. XI en Europa aparecen
fuertes contradicciones políticas por el choque entre el modelo feudal clásico
y los gobiernos asociados a la monarquía que sirvió de detonante para su
participación en las cruzadas (Inglaterra con la invasión normanda de 1066; en
el Imperio alemán los enfrentamientos entre partidos nobiliarios; y en Francia
el sistema feudal se opone a las instituciones monárquicas).
-Motivación
económica y presión demográfica: Los comerciantes genoveses y venecianos,
deseaban expandir el comercio entre Oriente y Occidente. En Europa Occidental
se vive un periodo de fuerte expansión económica, pero la vida del campesinado
empeora por la creciente presión fiscal y las crisis de subsistencia entre
1087-95. Ello originó revueltas y protestas religiosas (en este siglo nació la
herejía medieval). La explosión demográfica generó una población marginal sin
trabajo ni tierras, que unía su fervor religioso con el afán de riqueza, lo que
obligó a emigrar a muchos segundones de la pequeña nobleza, como la mayoría de
caballeros franco-normandos que formaron los contingentes de la I cruzada, lo
que unido a la proliferación de guerras nobiliarias y la generalización del
mayorazgo se formó una capa social de nobles que subsistían gracias al
bandolerismo o a la guerra mercenaria. Las clases humildes vieron en las
cruzadas un medio para mejorar su nivel económico y preferían probar suerte en
tierras lejanas a llevar una vida mísera.
-Control del
Mediterráneo: Las cruzadas buscan reabrir las rutas de peregrinación y asegurar
el control cristiano del Mediterráneo. Los comerciantes italianos abren el
Mediterráneo Oriental al Occidental, monopolizan el tráfico y se convierten en
intermediarios y distribuidores de las especies y productos de China e India. A
mediados del XII, los mercaderes italianos, hispanos y provenzales, tenían en
sus manos casi todo el comercio de las vertientes asiática y africana del
Mediterráneo.
El Islam fue
llevado por los árabes a Jerusalén en el 637. En el 711 un ejército de árabes y
bereberes entró en Hispania y destruyó el Reino Hispano-Visigodo. En el 902
conquistan Sicilia y en el 1009 el califa fatimí, Al-Hákim, impulsa una
persecución contra los cristianos, y destruye todas las iglesias de Jerusalén,
incluso la del Santo Sepulcro. En Hispania existía una profusión de reinos
cristianos y musulmanes en constantes pugnas territoriales. La Reconquista
comenzó en Asturias el 718, pero el empuje árabe no se frenó, y tras dominar
casi toda Hispania, los musulmanes invaden Narbona, Poitiers y Arlés, siendo
expulsados por Carlos Martel y devueltos al sur de los Pirineos. Durante muchos
siglos la piratería musulmana fue el azote del mediterráneo, siendo famosas las
acciones de los piratas berberiscos con base en Túnez o Argelia.
En la primera
mitad del XI las invasiones turcas, por la descomposición del Imperio de Bagdad
y la crisis del Imperio chino de los Tang, ahogaron las relaciones entre
Bizancio y los países del Norte, y las rutas de caravanas que unían
Constantinopla con Asia por el puerto de Trebisonda.
En 1030 caen los
Omeyas y se desintegra el califato de Córdoba, dando lugar a los reinos de
taifas.
A partir del
1050, la situación del mundo bizantino e islámico se agudiza por conflictos
como la división del Sacro Imperio o la anarquía feudal en el Reich alemán,
pero en Occidente se da un proceso de renovación de la sociedad feudal, en el
aspecto espiritual (reforma cluniacense, trayectoria del Pontificado hacia el
gregarismo) y económico (aumento demográfico, intensificación de los cultivos,
renacimiento industrial y mercantil).
Cuando en 1085
Alfonso VI conquistó Toledo, Al-Ándalus volvió sus ojos hacia los almorávides,
y más aún tras la victoria musulmana de Zalaca el 23/10/1086, lo que provocó
que Urbano II enviara una expedición francesa a Hispania. Entre quienes
vinieron en auxilio de Alfonso VI de Castilla y Ramiro de Aragón, estaban
participantes de la I cruzada como Ramón de Borgoña, Enrique de Lorena,
Raimundo de Tolosa, Elvira y su esposo...
Aunque entre
1095 y 1270 se citan ocho cruzadas oficiales, durante los siglos XI y XIII hubo
un flujo casi continuo de peregrinaciones armadas a Tierra Santa, no siempre
aprobadas por el papado. Algunas lograron establecer reinos cristianos en
Oriente, pero la mayoría fueron un fracaso.
I
cruzada (1096-99). Urbano II accedió al trono
papal en 1088, época de enorme tensión y crisis institucional, por su
enfrentamiento con el Sacro Imperio Germánico, y la fatal situación dejada por
su antecesor, el antipapa Guibert. En 1095 el bizantino Alejo I Comneno envía
una embajada al papa en el Sínodo de Piacenza, solicitando su auxilio. Urbano
II para recuperar la influencia política usó la idea de cruzada para erigirse
como principal defensor de la fe. Predicó la I cruzada en el concilio de
Clermont el 26/11/1095, y al preguntar a las masas si pondrían su espada al
servicio de Dios, dijeron «¡Dios lo quiere!». En dicho Concilio se dan
dos corrientes espirituales, por un lado la idea de la peregrinación a Tierra
Santa que se incrementa en el s. XI, y, por otro, la creciente hostilidad de
los selyúcidas, por ello Jerusalén no es el único objetivo para los
occidentales, pues también luchan contra el islam y los vendos.
Urbano II se fue
por media Europa con un gran séquito para convencer a todo varón en edad de
combatir y defender Constantinopla de los musulmanes. El pueblo llano respondió
con entusiasmo al llamamiento (por ello se conoce como la cruzada del pueblo o
de los pobres) de predicadores como Pedro de Amiens «el Ermitaño», que
recorrió ciudades durante el invierno de 1095-96, cuando el hambre y la
enfermedad diezmaban a los campesinos. El papa señaló la fecha del 15/8/1096
para la partida, pero los pobres no esperaron, y al llegar la primavera se
pusieron en marcha las primeras masas del norte de Francia y Flandes,
encabezadas por Gautier «sin Haber». En agosto de 1096 parte un
contingente con Godofredo de Bouillón y su hermano Balduino, seguido de otro de
flamencos, franceses, ingleses y escoceses a las órdenes del duque Roberto de
Normandía, el conde Esteban de Blois y el conde Roberto de Flandes. En octubre
sale del puerto de Bari hacia Dalmacia el ejército normando del príncipe
siciliano Bohemundo de Tarento junto a su sobrino Tancredo y numerosos nobles
de Sicilia y el sur de Italia. Casi al mismo tiempo partieron las tropas
cruzadas del Languedoc y Provenza, dirigidas por el conde Raimundo IV de
Tolosa, quien al llegar a Tierra Santa se unió a Ademar de Monteil. Tras el
afortunado asedio a Nicea y la victoria en Dorilea sobre el Sultán de Iconio,
toman Antioquía tras un gran asedio. Un ejército de socorro mandado por
Kerboga, emir de Mosul, es puesto en fuga por los cruzados.
Al llamamiento
de Urbano y Pedro acudieron españoles curtidos (en 1063 lucharon contra los
moros en Barbastro, y Alejandro II les concedió indulgencias plenarias) como
Berenguer de Rosanes; Pedro Auduque; Bernardo de Sédirac, lo que unido a la
conquista de Valencia por el Cid, infundió de gran moral a los cristianos. Poco
después partieron otros grupos dirigidos por el predicador P. el Ermitaño o el
sacerdote renano Gottschalk, o caballeros como el francés Foulcher de Chartres
o el alemán Emicho de Leiningen. También de Inglaterra, Lorena, Escandinavia e
Italia partieron diversos contingentes de pobres, en su mayoría, campesinos,
siervos y pobres de las ciudades, pero también delincuentes, proscritos y
aventureros, azuzados por la posibilidad de borrar sus faltas a cambio de
prestar su espada en combate. La larga marcha a través de Europa hizo estragos,
y cuando las limosnas de las gentes que veían atravesar sus tierras no fueron
suficientes, comenzaron los pillajes, las destrucciones, violaciones y matanzas.
Hubo muertes en masa de judíos, y saqueos para abastecerse lo que provocó la
reacción violenta de la población autóctona, y causó muchas bajas en el
ejército de los pobres, que fue aniquilado por los búlgaros y selyúcidas al
intentar conquistar Nicea el 21/10/1096.
Al ir llegando
las tropas, el emperador Alejo I exigió que se le prestará juramento de
fidelidad, y algunos cruzados aceptaron (como Bohemundo), pero Raimundo de
Tolosa se negó y alcanzó un acuerdo con Alejo. Una vez reagrupadas las fuerzas
en el Bósforo, pasaron a Asia, donde vencen al ejército selyúcida en la batalla
de Dorilea, pero a partir de allí, tuvieron que afrontar una durísima travesía
por las montañas de Anatolia, hostigados por los turcos, el calor y la falta de
víveres. Mientras nobles francos como Raimundo de Saint-Gilles (su esposa
Elvira. Hija ilegítima de Alfonso VI de León) y Bohemundo con su ejército
normando toman Nicea (1097), Antioquía (1098), y tras cinco semanas de asedio
Jerusalén, el 15/7/1099. Tras la ocupación de Jerusalén, se establecieron los
Estados cruzados en Tierra Santa: el Reino de Jerusalén (con los herederos de
Godofredo de Bouillon), el Principado de Antioquía (con Bohemundo de Tarento),
el Condado de Trípoli con los descendientes de Raimundo de Tolosa (1109) y el
Condado de Edesa con Balduino de Bolonia (1098).
Balduino de
Boulogne y el normando Tancredo se adentran en la Cilicia armenia y conquistan
Tarso, pero de inmediato Tancredo es derrotado. Balduino entró en la ciudad
armenia de Edesa, y su gobernador, Toros, le nombró sucesor. A las pocas
semanas Toros murió asesinado por un complot nobiliario que elevó al poder al
jefe cruzado. Éste impuso un gobierno tiránico, permitió los saqueos y aplastó
cualquier amago de resistencia.
En octubre puso
sitio a la ciudad bizantina de Antioquía, y tras un largo asedio el 3 de junio
entra en la ciudad, gracias a que Bohemundo sobornó a un guardián de las
murallas. Los cruzados saquearon y asesinaron a cuantos musulmanes y judíos
encontraron. Pocos días después, el ejército de Mosul puso sitio a Antioquía,
muchos huyeron y, entre los que se quedaron, el hambre, las enfermedades y la
proximidad de la muerte hicieron proliferar visiones milagrosas, que elevaron
la moral y se lanzaron en un ataque desesperado contra los selyúcidas. Pese a
que el ejército musulmán era muy superior, los occidentales lograron vencer su
resistencia, cosechando así su primera gran victoria frente al infiel. El 7/7/1099 un ejército cruzado muy disminuido acampó
frente a Jerusalén (en poder de los fatimíes de Egipto), al día siguiente
marcharon hasta el Monte de los Olivos, donde Pedro el Ermitaño pronunció un
sermón. Inician el asalto a la ciudad y en sus murallas las tropas de Godofredo
de Bouillon logran abrir una brecha el día 15 por la que entró el grueso del
ejército y el gobernador se rindió. En las calles de Jerusalén, los cruzados
repitieron las atrocidades que hicieron en Antioquía y pasaron a cuchillo a
cuantos judíos y musulmanes encontraron. Ante los conflictos generados se
acordó entregar la ciudad al legado pontificio Dagoberto de Pisa, pero su
gobierno quedó en manos de Godofredo de Bouillón (Defensor del Santo Sepulcro).
Al morir
Godofredo de Bouillon (1100) le sucede su hermano Balduino II (señor de Edesa)
y se proclama rey de Jerusalén (1100-18). Las leyes del reino de Jerusalén
fueron recogidas en el s. XIII en los Assizes de Jerusalén (código jurídico
social feudal). Las constantes guerras de los príncipes normandos de Antioquia
contra los bizantinos, así como las de los distintos señores feudales entre sí,
contribuyen a su debilitación y favorecen el contraataque del islam. Hacia
1118, la debilidad de las reacciones islámicas, tanto turcas como fatimíes,
hacía pensar que la instalación de los francos en Tierra Santa sería duradera,
pues en sólo 20 años los cruzados arrebataron a los musulmanes todos sus
accesos al mar desde Cilicia hasta el Nilo; hasta 1144 controlaron asimismo los
pasos del Tauro y del Alto Éufrates, gracias a la posesión de Edesa; y, por
último, hasta 1185 dominaron el golfo de Aqaba, ruta de las peregrinaciones
hacia La Meca.
Desde la década
de 1130, los estados francos vivieron asediados por los ataques turcos y
bizantinos y en 1137 ocuparon temporalmente Antioquía. Al tiempo los selyúcidas
con el emir Imadeddin Zengi de Mosul inician una gran ofensiva y en el 1144
reconquista el condado latino de Edesa, poniendo en serio peligro al principado
de Antioquía, y dando origen a la II cruzada.
El
gran problemas de los estados cruzados fue la defensa de sus fronteras frente a
los fatimíes en el sur, y los selyúcidas en el norte y este. Los francos nunca
pudieron hacerse con el control de la ruta interior Mosul-Alepo-Damasco-Petra,
lo que, en la práctica, los abocó a quedar confinados en una estrecha franja
costera, a excepción del enclave interior de Jerusalén. Dada la reducida
capacidad militar de los francos para mantener su seguridad, los llevó, poco
después de la I cruzada, a la creación de las órdenes militares del Hospital y
del Temple.
La
jerarquía latina sustituyó a la griega en los patriarcados de Antioquía y
Jerusalén e impuso una administración diocesana igual a la occidental, que
administraba tanto a la población cristiana franca y nativa (sirios melquitas,
griegos ortodoxos, monofisitas, nestorianos, maronitas). La autoridad
eclesiástica no puso coto a la observancia islámica, aunque muchas mezquitas
fueron convertidas en iglesias, en cambio, los judíos sufrieron una gran
persecución. Los musulmanes capturados son obligados a trabajar para los
latinos, otros fueron vendidos como esclavos por los italianos.
II
cruzada (1147-49). En 1145 la promulgó
Eugenio III y encomendó su predicación a Bernardo de Claraval, tras la toma de
Edesa por los turcos. Al llamamiento se produjo una primera reacción de rechazo
popular. En Francia, Renania, Suabia e Inglaterra toman la cruz muchos señores
feudales, y dos monarcas, Luis VII de Francia y Conrado III de Hohenstaufen,
emperador del Sacro Imperio. Este partió en mayo de 1147 con Conrado III, su
sobrino el duque Federico de Suabia (futuro Federico I Barbarroja) y los reyes
de Bohemia y Polonia. En las inmediaciones de Dorilea sufre una serie de
derrotas por las tropas del sultán de Iconio. A ello se unieron los efectos del
hambre y las enfermedades, que diezmaron a las tropas alemanas. Los pocos
supervivientes regresaron a Europa, pero Conrado III y el duque de Suabia se
quedaron en Nicea, a esperar a los franceses, que habían iniciado el camino en
junio. El rey normando Roger II de Sicilia aprovechó la inestabilidad creada
por el paso de los alemanes para atacar las islas bizantinas del Mediterráneo
oriental y la costa de Grecia. Manuel Comneno, que temía una alianza entre
franceses y normandos, firmó la paz con el sultán de Iconio, dejando a los
bizantinos desprotegidos para atravesar Asia Menor. A su llegada a Constantinopla
Luis VII, tras cruzar el Bósforo para auxiliar a los alemanes, se encontró en
Nicea los míseros restos del ejército alemán.
El ejército
francés avanzó hacia el este dando un rodeo para evitar los ataques turcos.
Pero la durísima travesía de las regiones montañosas de Anatolia mermó mucho
sus fuerzas. Conrado III, gravemente enfermo, decidió regresar por mar a
Constantinopla. Los franceses prosiguieron su avance hacia el sur, hostigados
por los selyúcidas. En marzo de 1148 llegan a Antioquía, y son bien recibidos
por el príncipe Raimundo, tío de la reina Leonor de Aquitania. Éste sugirió a
Luis VII atacar Alepo, principal base de Nur al-Din, sucesor de Zengi. Pero el
francés salió de Antioquía y se dirigió hacia Jerusalén. Allí, tras largas
deliberaciones con los barones del reino y con el rey Balduino III, se decidió
atacar Damasco, a pesar de que su gobernador (Unur) era uno de los principales
aliados de los francos contra Nur-al-Din. El 23 de julio, los cruzados ponen
sitio a la ciudad, y cinco días después, la cercanía del ejército de Alepo
obligó a los jefes cristianos a retirarse.
La
precaria salud (lepra) de Balduino desató las pugnas por la sucesión, y se
nombró sucesor a Balduino, hijo de la hermana del rey, Sibila. Pero en 1180 la
boda de ésta con Guido de Lusignan, agravó la lucha por el poder. Al partido
formado en torno a Lusignan se opuso el partido de los barones nativos, entre
los que destacaban los condes de Trípoli y Sidón y la familia de los Ibelin.
El emperador
Conrado III y Luis VII de Francia emprenden la guerra, pero su colaboración se
ve perturbada por la alianza anti bizantina de Luis VII con Roger II de Sicilia
y por la contra alianza entre Miguel Comneno y su cuñado Conrado III, ambos
ejércitos son derrotados por separado en Dorilea y Laodicea. Conrado y Luis en
Jerusalén, unifican sus fuerzas y organizan dos campañas contra Damasco y
Ascalón, pero fracasan.
En 1185 Saladino
firmó una tregua y se retiró a Egipto. Este mismo año falleció Balduino IV, y
antes de morir encomendó al conde Raimundo de Trípoli la regencia durante la
minoridad del sucesor, Balduino V. Pero éste murió al año siguiente y se
entregó la corona a G. de Lusignan rompiendo los acuerdos sucesorios. En 1187,
el ejército sirio-egipcio cruzó el Jordán al sur del mar de Galilea, el
4/7/1187 se enfrentó al ejército cristiano, exhausto y desorganizado no
resistió y en la batalla de Hattin acabó literalmente con el ejército franco.
Saladino se lanzó a conquistar Jerusalén ocupando casi todas las ciudades
costeras, y el 2/10/1187 se rindió sin condiciones. Respetó la vida del rey,
ejecutó a Reinaldo y a cientos de templarios y hospitalarios, y dejó marchar a
los colonos francos a cambio de un gran rescate comunitario. Los más pobres,
incapaces de reunir la suma acordada, pasaron a ser esclavos. En 1189 estaba
bajo su poder todo el reino (salvo la fortaleza de Belvoir y Tiro), así como
los territorios de los principados del norte, a excepción de sus capitales,
Antioquía y Trípoli. G. de Lusignan fue liberado a fines de 1188, pero Conrado
de Montferrato, un tío de Balduino V que se había apoderado de Tiro, se negó a
reconocerlo como rey y reivindicó los derechos sucesorios de su sobrino. En
1190, al morir la reina Sibila, G. de Lusignan perdió la legitimidad de sus
derechos, y la mayoría de los barones del reino se unió a Montferrato, quien se
casó con Isabel, hermana de Sibila. Pero Guido no renunció al trono y reunió a
sus partidarios para poner sitio a Acre.
III
cruzada (1189-92). El fracaso de la II
consiguió la unificación sirio-musulmana. Sin embargo, durante las dos décadas
siguientes los reyes Balduino III (1142-62) y Amalarico I (1163-74) lograron
mantener sus fronteras e incluso ampliarlas hacia el sur con la toma de Ascalón
en 1153 (última gran victoria de los francos). Al año siguiente Nur-Eddin
conquistó Damasco, y luego se dirigió hacia Egipto con sus generales Shirkuh y
Salah al-Din (Saladino). Ante el temor de que el ejército selyúcida tomara el
poder en El Cairo, las tropas de Amalarico I interceptaron su avance y le
obligaron a retroceder. A la muerte de Shirkuh en 1169, Saladino se hizo con el
poder en El Cairo representando a Nur-Eddin y fundó la dinastía ayubí
egipcia. Dueño incontestable de Siria y Egipto, y obedecido ciegamente en
El Cairo, Edesa, Alepo, y Damasco, Saladino acaudilló el ataque islámico contra
los territorios occidentales en Asia Menor. Contando con la ayuda de Bizancio,
consciente del peligro que entrañaba la euforia islámica, los occidentales
lograron resistir los primeros ataques. El único foco de resistencia era Tiro,
desde donde el marqués Guido de Montferrato envió emisarios a Occidente en
busca de refuerzos.
La convocó
Gregorio VIII tras la conquista de Jerusalén en 1187 por Saladino, y la
continuó Clemente III tras la publicación de la bula «Audita tremendi».
La convocatoria desató el descontento popular en Francia e Inglaterra por el «diezmo
de Saladino» (por tomar la cruz Federico I Barbarroja). En 1188 partió de
Sicilia un primer ejército al mando del rey normando Guillermo II. En mayo de
1189 F. Barbarroja (Hohenstaufen) salió de Ratisbona y el 14 de mayo venció al
sultán de Iconio. Federico murió y tomó el mando el hijo del emperador,
Federico de Suabia, quien también murió en el sitio de San Juan de
Acre. Le sucede Ricardo Corazón de León (Ricardo I de Inglaterra)
quien asume los compromisos de su padre con Felipe II, rey de Francia, toma
Chipre y la cede a Guido de Lusignan.
Federico I había
llegado a un acuerdo con el rey de Hungría y el emperador bizantino Isaac II
Ángel, para facilitar el avituallamiento de sus tropas a Constantinopla, pero
Isaac II obstaculiza el avance de los cruzados y el alemán renunció a llevar a
su ejército hasta Constantinopla, y a fines de marzo de 1190, cruzó los
Dardanelos desde Adrianópolis. La muerte del sultán Kilidje-Arslan de Iconio
rompió el acuerdo de no agresión que Federico I había pactado con él. Su
sucesor selló una alianza con Saladino y hostigó a los cruzados a su paso por
Asia Menor. Pese a ello, estos conquistaron Iconio en mayo de 1190. Desde allí,
marchan hacia Cilicia a través del Tauro. El 10 de junio, Federico I murió
ahogado al atravesar el río Saleph (Anatolia) el 10/7/1190, una parte de su
ejército desmoralizado regresó a Europa, y otros llegaron a Antioquía, donde
casi todos murieron por una epidemia. En otoño, los pocos supervivientes se
unen a Guido de Lusignan en el asedio de Acre que estaba en poder de Saladino.
Las tropas de
Inglaterra y Francia partieron juntas en julio de 1190, pero los problemas de
abastecimiento les obligaron a separarse. Felipe II se dirigió a Génova, y
Ricardo I a Marsella. En septiembre, ambos se reunieron de nuevo en Mesina
(Sicilia), donde pasaron el invierno. En la primavera de 1191 los franceses se
dirigieron a Tiro y los ingleses a Chipre. Felipe II llegó a Acre y la ciudad
se rindió el 11/7/1191. Saladino aceptó ratificar los términos de la
capitulación con Ricardo, que incluía un intercambio de prisioneros y la
devolución de la reliquia de la Vera Cruz, en poder del sultán desde 1187 (el
incumplimiento del acuerdo respecto a la liberación de cautivos por parte de
Ricardo I impidió que Saladino devolviera la reliquia). Ricardo y Saladino
firman el 2/9/1192 el tratado de Jaffa que incluía una tregua de cinco años,
autorización para entrar los peregrinos y mercaderes cristianos en Jerusalén, y
la entrega a los francos de una estrecha franja costera desde Tiro hasta Jaffa.
La dominación musulmana sobre Jerusalén hizo trasladar la capital franca a
Acre. La tregua fue aprovechada por los reinos del norte, y en 1187, al morir
el príncipe Raimundo III, el condado de Trípoli pasó a su hijo, Bohemundo III
de Antioquía, quedando unidos los dos principados cristianos septentrionales.
La consecuencia
más duradera de la III cruzada fue la toma de Chipre por Ricardo. En la isla se
instaló como gobernador Guido de Lusignan, que poco antes del fin de la cruzada
fue definitivamente desposeído de la corona de Jerusalén, y coronado rey Conrado
de Montferrato, que fue asesinado poco después y el trono pasa al conde Enrique
de Champaña, que se casó con Isabel, viuda de Montferrato.
En 1197, a la
muerte de Enrique de Champaña, Amalric de Lusignan, señor de Chipre, se hizo
con el trono de Jerusalén-Acre. A su muerte (1205), los reinos de Chipre y
Jerusalén se separaron, pasando este último en 1210 a Juan de Brienne
(designado por Felipe Augusto de Francia). El emperador Enrique VI se propone
no solo la liberación de Tierra Santa, sino también servir a los normandos de
Sicilia, que intentan la conquista del Imperio Bizantino, pero su muerte reduce
el resultado de la III cruzada a la ocupación de una franja costera junto a
Antioquia.
IV
cruzada (1202-04). Fue un error político
por la perversión del ideal de cruzada y el drástico debilitamiento del mundo
cristiano, al destruir el bastión que hasta entonces representaba Bizancio
frente al Islam. Por otra parte, la voracidad de los cruzados sólo contribuía a
ahondar la separación entre la cristiandad latina y la griega. Con su destino
inicial a Tierra Santa, se desvió hacia Constantinopla, cuya toma en 1204 dio
lugar a la creación del llamado Imperio latino. En septiembre de 1198 Inocencio
III convocó una nueva cruzada que tuvo poco éxito entre el pueblo llano, pero
fue bien acogido por la nobleza francesa, donde tomaron la cruz señores
feudales, como Teobaldo de Champaña, Balduino de Flandes o Simón de Montfort.
La intervención de los venecianos guiados por el nonagenario dux Enrico Dándolo
fue decisiva.
Desde el s. XI,
Venecia tenía un papel preponderante en el comercio con Levante. Pero la
implantación de los venecianos a lo largo del s. XII amenazó con acabar con el
comercio griego. En 1171 el emperador Manuel Comneno ordenó la detención de
todos los mercaderes y residentes venecianos y la confiscación de sus bienes,
por lo que las relaciones entre Venecia y Bizancio quedaron suspendidas unos 15
años. En 1185, Andrónico Comneno se comprometió a indemnizar a Venecia por esos
daños. Sus sucesores reiteraron la promesa, pero no la cumplieron. Poco antes
de convocarse la IV cruzada, el emperador Alejo III decretó el cobro de
impuestos a los comerciantes venecianos y otorgó amplios privilegios
comerciales a Pisa y, luego en 1201 a Génova. En este contexto, la cruzada
ofrecía a Venecia una oportunidad única para imponer su supremacía comercial en
el Mediterráneo oriental en contra de Bizancio.
Los cruzados
señalaron a Egipto como objetivo de la expedición, por ser la base de poder de
los ayyubíes. Ello no interesaba a Venecia, que desde fines del s. XII mantenía
estrechos vínculos comerciales con los musulmanes. Desde fines del s. XII, el
Imperio germánico y el bizantino sostenían pugnas constantes por la dominación
de los Balcanes. A ello se unió la pretensión del rey alemán Felipe de Suabia
de ostentar la corona imperial bizantina. En 1195 un golpe de estado derrocó al
emperador Isaac II Ángel, cuya hija estaba casada con Felipe de Suabia. Este
mantuvo contactos con la oposición al nuevo emperador, Alejo III, y en 1201
decide incorporarse a la cruzada, y logra que se nombre jefe de campaña a su
pariente el marqués Bonifacio de Montferrato. A principios de 1202, el príncipe
Alejo, hijo de Isaac II Ángel y cuñado de Felipe de Suabia, visitó Italia para
pedir al papado y a Bonifacio de Montferrato ayuda militar para restaurar en el
trono a su padre, prometiendo a cambio la sumisión de la Iglesia griega. En
el verano de 1202 se reunieron en Venecia cruzados alemanes, franceses e
italianos. La autoridad veneciana los concentró en la isla del Lido.
Entretanto, venció el plazo para pagar los 85.000 marcos de plata pactados,
pero los cruzados sólo pudieron reunir unos 50.000. El dux ordenó que se les
suspendiera el abastecimiento hasta que pagasen la deuda. Bonifacio de
Montferrato y Enrico Dándolo, firman un acuerdo con los enviados de Felipe de
Suabia y el príncipe Alejo (Alejo IV) para intervenir Constantinopla, y que
para saldar su deuda, los cruzados ayudarían a Venecia, si los venecianos
cedían las naves para el transporte de los cruzados a conquistar la ciudad
balcánica de Zara y Dalmacia, lo que significaba atacar los dominios del rey
cristiano Emerico de Hungría, pero pese a las amenazas papales, el 24/11/1202
Zara fue conquistada y saqueada por los cruzados, apoyados por la flota de
Venecia. El ejército pasó el invierno en Dalmacia. Fue entonces cuando la
cruzada se desvió hacia Bizancio. Mientras se preparaba la campaña, Inocencio
III amenazó de nuevo con la excomunión si los cruzados atacaban Bizancio. En
abril, el ejército desembarcó en Corfú, donde se le unió el príncipe Alejo, y a
finales de mayo partió hacia Constantinopla. El 18 de julio y para evitar que
los cruzados entraran en la ciudad, la nobleza restableció en el trono a Isaac
II Ángel y nombró co-emperador a Alejo IV, quien se negó a cumplir el acuerdo
de Zara, suspendió el abastecimiento al ejército cruzado y se desató una guerra
abierta. En enero de 1204, un complot nobiliario depone a Alejo IV, y nombra a
Alejo Ducas (Alejo V) que exigió la inmediata retirada de los cruzados. Pero,
para entonces, estos ya habían firmado un acuerdo, para el reparto del botín,
que establecía la entrega a Venecia de las tres cuartas partes de lo
conquistado y el reparto del poder entre las distintas facciones occidentales.
Una comisión de doce notables (6 venecianos y 6 cruzados) eligió al emperador,
al que todos los cruzados prestarían homenaje, excepto el dux veneciano. El
nuevo emperador latino recibiría sólo un cuarto del territorio, el resto sería
repartido por igual entre cruzados y venecianos. Estos se aseguraron además el
control sobre las rentas de la Iglesia ortodoxa. El 12/4/1204 los cruzados irrumpieron
en la ciudad, y saquearon los fabulosos tesoros de Constantinopla siendo unos
repartidos y otros destruidos conforme al espíritu de los bárbaros cruzados.
La cruzada
iniciada por Inocencio III dirigida contra Egipto para reconquistar Jerusalén,
culminó con el enfrentamiento entre cristianos en Constantinopla. Tras la toma
y saqueo de Constantinopla se constituyó el Imperio Latino de Occidente, que
desapareció en 1291 ante la reacción bizantina y constituyeron el llamado
Imperio de Nicea, al tiempo que Génova sustituye a Venecia en el control del
comercio bizantino. El 9/5/1204 los cruzados eligieron emperador al conde
Balduino IX de Flandes. Los venecianos designaron como patriarca a su
compatriota Tommaso Morosini. Durante los años siguientes, cruzados y
venecianos se extendieron por los Balcanes, Grecia insular y parte de Asia
Menor. Balduino conquistó la mayor parte de Tracia y Bonifacio de Montferrato
fundó el reino de Tesalónica, que incluyó las provincias de Tesalia, Ática,
Beocia y el sur del Peloponeso, en este se creó el principado de Acaya
convertido en el principal señorío feudal del imperio latino. Pero los más
favorecidos por las conquistas fueron los venecianos, que, además de asegurarse
el control del Bósforo y Adrianópolis, pasaron a controlar las redes
comerciales del mar Negro y del Mediterráneo oriental, desde Constantinopla a
Egipto.
En 1212 se da la
cruzada de los niños, pues millares de adolescentes, arrebatados de entusiasmo
por el fervor religioso y combativo de las cruzadas, son embarcados en
Marsella, desde donde los armadores los conducen a Alejandría y los venden como
esclavos.
La resistencia
bizantina al dominio franco se organizó en los territorios que quedaron a salvo
de la conquista, donde se fundaron los reinos independientes de Epiro, Nicea y
Trebisonda. En 1222 el reino de Tesalónica cayó en poder de los bizantinos de
Epiro. Desde Nicea los griegos hostigaron las posesiones latinas. En 1261,
aprovechando que los francos habían abandonado Constantinopla para apoyar a los
venecianos en el mar Negro, el emperador de Nicea, Miguel Paleólogo (jefe de la
casa imperial griega), entró en la ciudad con el apoyo de la población y de una
flota de genoveses, y elimina a los francos de Constantinopla, fracasando las
tentativas de unión entre las iglesias griega y romana.
V
cruzada (1217-21). En el s. XIII las
cruzadas perdieron su poder de convocatoria, pues el papado contribuyó a
desvirtuar el ideal de cruzada al utilizarlo como instrumento para, imponerse
sobre sus enemigos religiosos (como ocurrió contra los cátaros), políticos
(como las cruzadas contra los Hohenstaufen) o llenar las arcas.
En 1215 el IV
concilio de Letrán convocó la cruzada que debía partir dos años después.
Participaron tres reyes (Andrés II de Hungría, Juan Sin Tierra de Inglaterra y
Federico II de Hohenstaufen, rey de Sicilia y futuro emperador de Alemania),
pero en 1216 mueren J. Sin Tierra e Inocencio III, lo que aprovechó Federico
para eludir su compromiso. Andrés II salió hacia Tierra Santa en el verano de
1217. Junto a él fueron algunos príncipes del sur de Alemania, el duque
Leopoldo de Austria y el conde Guillermo de Holanda. Conducen sus ejércitos
hasta San Juan de Acre y, tras un tratado con el sultán de Egipto El Kamil,
obtienen Jerusalén, Belén y Nazareth. En 1218 (tras el regreso a Europa de
Andrés II) los alemanes y holandeses lanzaron una ofensiva contra Damieta
(considerada la puerta de Egipto). Tras su fracaso las tropas del duque
Leopoldo de Austria regresan a Europa, pero muchos quedaron y a pesar del
hambre siguieron con el asedio. El sultán Malek al-Kamil llegó a ofrecer la
devolución del reino de Jerusalén y la restitución de la Vera Cruz, a cambio de
la retirada de los cruzados. Pero el legado pontificio Pelagio Albino se opuso,
apoyado por los italianos y las órdenes militares y en contra de la opinión de
Juan de Brienne, rey de Jerusalén-Acre. El 5/11/1219, tras año y medio de
asedio, Damieta cayó en poder de los cruzados, con el apoyo del cardenal Pelayo
Galván (de León), a quien Honorio III encargó la expedición a Tierra Santa en
1218. La toma de la ciudad hizo estallar rencillas entre cristianos, Juan
de Brienne reclamó su cesión al reino de Jerusalén; y Pelagio para el papado.
En junio de 1221 se lanza un ataque contra la fortaleza de Mansura, al sur de
Damieta. Pero la crecida del Nilo frustró la ofensiva y los cristianos tuvieron
que retirarse, perseguidos por los musulmanes. Ello les obligó a pedir la paz,
con un mal acuerdo para los occidentales, que incluía una tregua de ocho años y
la devolución sin condiciones de Damieta a los ayyubíes.
VI
cruzada (1227-29). Promulgada en 1225 por
Honorio III, su llamamiento no tuvo éxito y la salida fue aplazada hasta dos
años después. Entretanto, Federico II se casó con la heredera del trono de
Jerusalén-Acre, Yolanda, hija de Juan de Brienne, y se proclamó candidato al
trono. Un año después, el emperador estableció una alianza con el sultán
al-Kamil en contra del emirato de Damasco.
En 1227 se
reúnen en Brindisi cruzados alemanes, ingleses, italianos y franceses. Parte
del ejército se embarcó hacia Siria, pero Federico tuvo que retrasar su partida
por enfermedad. El papa no aceptó la nueva demora y le excomulgó. Este partió
al año siguiente sin la autorización papal y llegó a Chipre el 21 de julio. La
isla estaba entonces gobernada por el noble franco Juan de Ibelín, elegido
regente durante la minoridad del rey Enrique I. El emperador exigió que le
fueran reconocidos sus derechos como soberano feudal de Chipre, cuya monarquía
había sido establecida por el anterior emperador germánico, Enrique VI.
Asimismo, exigió la regencia del reino de Jerusalén en nombre de su esposa y de
su hijo, Conrado. La nobleza franca se resistió a aceptar las exigencias y
Federico tuvo que partir hacia Acre sin ningún avance, pues sólo contaba
con el apoyo de los pisanos y de los caballeros teutónicos del príncipe de
Antioquia. Federico recurrió al apoyo de al-Kamil, y en febrero de 1229 ambos
firmaron un acuerdo que incluía una tregua de diez años y la cesión a Federico
de Jerusalén, Belén y un corredor que las conectaba al mar. A cambio, el
emperador se comprometió a apoyar militarmente al sultán contra sus enemigos
(los príncipes francos de Antioquía y Trípoli y las órdenes militares). Un mes
después, Federico se auto coronó rey en Jerusalén. En la paz de Saint-Germain
de 1230 el papa se vería obligado a reconocer los pactos del emperador con los
musulmanes y a levantar el interdicto sobre la Ciudad Santa. Los barones se
impusieron en Chipre en 1233, pero en Jerusalén el enfrentamiento continuó
hasta 1243, cuando la nobleza franca entregó la regencia del reino a Alicia,
reina viuda de Chipre.
En 1239, año en
que vencía la tregua pactada por Federico, partió desde Lyon un pequeño
ejército cruzado al mando de Teobaldo de Navarra y del duque Hugo de Borgoña. A
su llegada a Palestina, los jefes cruzados siguieron el consejo de las órdenes
militares para unirse al ejército del emir Ismail de Damasco con el fin de
lanzar una ofensiva contra el sultán Asal Ayyub de Egipto. Tras sufrir una
severa derrota junto a Ascalón, el ejército cruzado regresó a Europa sin
conseguir nada. El sultán egipcio aprovechó esta circunstancia para atacar y
conquistar Jerusalén en septiembre de 1244. La toma de la ciudad fue seguida
por el asesinato de la mayor parte de la población cristiana.
VII
cruzada (1248-54). Sólo el rey de Francia
Luis IX, conocido como San Luis de los Franceses (hijo de Blanca de Castilla),
se mostró dispuesto a encabezarla. Embarcó en el puerto francés de
Aigues-Mortes y desembarcó cerca de Damieta, ciudad que conquistó. Luego
decidió lanzar una ofensiva contra Egipto, y puso sitio a la fortaleza de
Mansura, para abrir una brecha que permitiera el avance hacia Jerusalén. Los
franceses, viendo las dificultades para dominar a los sarracenos, trataron de
conseguir una alianza con los mongoles, pero el acuerdo no fue posible. En
febrero de 1250 el ejército cristiano es derrotado con muchas muertes con
caballeros como Roberto de Artois, hermano del rey. Poco después, los
musulmanes hundieron la flota cristiana anclada junto a Mansura, cortando así
los suministros que llegaban al campamento cruzado desde Damieta. Luis intentó
mantener el asedio, pero el hambre y la enfermedad lo obligaron a ordenar la
retirada, en la que muchos murieron y otros muchos fueron apresados. Entre estos
últimos, el propio rey y sus hermanos, por quienes el sultán exigió un inmenso
rescate. Tras la liberación de Luis IX el 6/5/1250, Damieta fue devuelta a los
musulmanes. A pesar de su fracaso, el rey no volvió a Europa, sino que fue a
San Juan de Acre. En abril de 1254 Luis IX regresó a Francia sin haber
reconquistado Jerusalén.
VIII
cruzada (1270). Desde mediados del s.
XIII, las colonias latinas de ultramar sufren una gran decadencia, provocada
por las luchas nobiliarias, las guerras entre templarios y hospitalarios y los
enfrentamientos comerciales entre genoveses, pisanos y provenzales. A todo ello
se unió, desde la década de 1240, el avance de los mongoles, que en vísperas de
la VII cruzada devastaron el principado de Antioquía y en 1250 invadieron el
interior de Siria. Pero la mayor amenaza para los latinos siguió siendo el sultanato
de Egipto, donde en 1260 se estableció la belicosa dinastía mameluca. El sultán
Baibars I extendió su dominio a los pequeños estados musulmanes de Siria y
desde 1265 se apoderó de varios estados latinos. Ante esta situación Luis IX
decidió tomar de nuevo la cruz para frenar la ofensiva islámica. En el verano
de ese mismo año el rey partió con un pequeño ejército francés. Los cruzados
desembarcaron en la costa tunecina el 17/7/1270. Poco después se apoderaron de
Cartago, donde esperaron la llegada de las tropas de Carlos de Anjou, que había
retrasado su partida. Al llegar a Cerdeña el rey decidió atacar Túnez (país
cristiano desde San Agustín), pues Carlos de Anjou, hermano del rey, que
acababa de proclamarse rey de Sicilia, exigió la renovación del tributo que los
emires de Túnez rendían a los reyes sicilianos. Al-Mustansir se negó, ofreció
asilo a los partidarios de los Hohenstaufen, antecesores de Carlos en el trono
de Sicilia, y pidió ayuda a Baibars I, que dirigió su ejército hacia Túnez. Pero
el calor y la peste diezmó al ejército cristiano y acabó con la vida de Luis
IX. Poco después desembarcaron las tropas dirigidas por Carlos de Anjou, Felipe
III (sucesor de Luis IX) y Teobaldo de Navarra, que obtuvieron algunos éxitos
contra las tropas emirales. En octubre, Carlos de Anjou firmó la paz con Al-Mustansir,
quien renovó el tributo al rey de Sicilia y le concedió los únicos e
importantes privilegios comerciales. La cruzada se desintegró tras la muerte,
por enfermedad del rey francés.
El balance de
las cruzadas es negativo, pues no cumplieron los objetivos que las alentaron.
El primero era
la conquista de Jerusalén, y su consecuencia fue reavivar luchas religiosas que
perturbaron la convivencia. Por un lado, los musulmanes de Oriente opusieron a
la conquista latina el mandato islámico de la yihad. Por otro, en Europa
occidental provocaron una oleada de violencia antisemita a lo largo de las
rutas de los peregrinos y sus predicadores que acabó con la convivencia entre
judíos y cristianos. Y por último, en Siria, Armenia y Palestina los cruzados
tuvieron que enfrentarse a las comunidades cristianas no latinas.
El segundo de
salvar al Imperio bizantino dio como resultado la conquista de Constantinopla
en 1204, que contribuyó de manera decisiva a su decadencia y derrota final
frente al Islam en el s. XV. Aunque en un principio los emperadores de
Constantinopla fueron aliados de los católicos de Europa, con el tiempo
emergieron fracturas en sus relaciones profundizando las diferencias entre la
Iglesia de Roma y la Ortodoxa.
El tercero era
unir a la cristiandad contra el infiel, pero la pugna de intereses entre los
cruzados sólo generó conflictos por el reparto del poder y las riquezas,
conflictos sociales entre clérigos y laicos; caballeros y pobres, y conflictos
entre cruzados occidentales y latinos orientalizados. Surgen órdenes religiosas
en el seno de la Iglesia, como los Templarios (protectores de los peregrinos
hacia Tierra Santa), los Hospitalarios (que daban atención médica a los
viajeros), etc.
Las cruzadas
tuvieron importantes consecuencias históricas, como la reapertura de la
navegación en el Mediterráneo para los europeos y el impulso de las relaciones
comerciales entre Occidente y Oriente.
En lo económico,
al inicio del movimiento cruzado, Siria y Palestina habían dejado de ser
regiones comerciales estratégicas, pues la conquista turca desorganiza las
rutas caravaneras que llevaban a Tierra Santa. Durante los dos siglos que
duraron las cruzadas, las principales redes comerciales del Mediterráneo
pasaban por Bizancio, Egipto y el Magreb, no por Tierra Santa. No obstante
Génova, Pisa y Venecia, que en principio se mostraron reticentes respecto a las
cruzadas, aprovecharon las oportunidades que estas les ofrecieron. Su comercio
con Siria y Palestina se limitó a intercambios locales poco importantes en
comparación con las grandes rutas comerciales marítimas entre Bizancio, Europa
occidental y Egipto.
Durante los
siglos XIII y XIV se realizaron campañas a Tierra Santa consideradas simples
razias de aventureros y caballeros de fortuna. Las cruzadas habían cesado, y
los últimos dominios latinos en Siria y Palestina cayeron a manos de los
mamelucos.
En 1231 Gregorio IX formaliza los tribunales eclesiásticos de la inquisición (1184) del papa Lucio III, y en 1478 con el papa Sixto IV a petición de los reyes católicos se crea la inquisición española, llegando las cruzadas a su fin. A comienzos del s. XIII se hizo el llamamiento a dos cruzadas dentro del territorio europeo: contra los cátaros en el Languedoc (1209) y contra los musulmanes en España (1215). También se convocaron cuatro cruzadas destinadas a liberar Tierra Santa, aunque las dos desarrolladas en territorio europeo tuvieron éxito militar, la situación en Tierra Santa fue de mal en peor debido a la fortaleza musulmana. Por ello en 1291 desapareció definitivamente la presencia católica en aquella región.
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