jueves, 8 de mayo de 2025

LAS CRUZADAS

Las cruzadas fueron unas guerras organizadas por la iglesia católica, dirigidas a conquistar y mantener el control sobre los lugares sacros, e hicieron que la peregrinación a Jerusalén se convirtiera en la práctica penitencial por antonomasia y anhelo de los fieles. Son muestra y expresión de las ambiciones de Occidente, para quienes la cruzada es sinónimo de virtud, pero para los bizantinos de calamidad.

Durante el s. XIX, los historiadores católicos vieron en ellas la manifestación de la religiosidad que impregnaba la vida medieval. S. Runciman puso de relieve los aspectos sociales, políticos y económicos que subyacen en ellas. Los autores del materialismo histórico buscan sus causas en los reajustes sociales del s. XI; y casi todos admiten que el factor religioso no basta para explicar el vasto fenómeno, y buscan causas como:

-Motivación religiosa: La cruzada como guerra santa estuvo presente en el ámbito socio-religioso de los s. V a X, como la conversión de los carolingios o la Reconquista en Hispania. Pero para que surgiera el movimiento cruzado intervinieron factores como la toma de conciencia de la Europa cristiana frente a otras culturas (Bizancio o Islam). La lucha contra el enemigo (pagano, infiel, hereje o adversario político) de la cristiandad se convirtió en misión sagrada para detener la expansión del islam y recuperar el control en tierra santa. La Iglesia las enmarca como un acto de fe, concede indulgencias plenarias a sus participantes, ofrece exención de impuestos, promesas de gloria y riqueza, establece hospitales, albergues y órganos de recaudación de fondos. La I cruzada la predicó Urbano II tras la conquista de Jerusalén y ver en ella un instrumento para poder superar las tensiones entre Roma y Constantinopla, y como medio de desviar la guerra entre los cristianos hacia causas comunes a todos. El programa papal impuso la supremacía jerárquica romana sobre la ortodoxia bizantina, separada del catolicismo romano desde 1054 (Cisma de Oriente), acentuando sus diferencias y terminó con la ruptura definitiva entre Roma y Constantinopla, dando lugar a la cruzada como fenómeno religioso.

-Interés político: Autores como J. Le Goff, o M. Zaborov ven en las ambiciones papales el detonante esencial al aprovechar la profunda crisis del Imperio Bizantino, por al avance de los turcos selyúcidas, quienes el 1071 vencen a los bizantinos en la batalla de Manzikert, y ganan casi toda Anatolia. Tras establecer el sultanato de Rum, Constantinopla se ve asediada por una coalición de selyúcidas y pechenegos que amenazan con exterminar el Imperio. Esto unido a los relatos que por Europa se oían sobre las atrocidades que los musulmanes cometían con los peregrinos cristianos, obligó al emperador Alejo I Comneno a pedir socorro a los cristianos occidentales y el papa. En la década de 1090 el clima socio-religioso de Europa Occidental se mostraba favorable a una intervención militar en Oriente, bajo la consigna papal de rescatar el Santo Sepulcro y salvar a los cristianos del Islam. A finales del s. XI en Europa aparecen fuertes contradicciones políticas por el choque entre el modelo feudal clásico y los gobiernos asociados a la monarquía que sirvió de detonante para su participación en las cruzadas (Inglaterra con la invasión normanda de 1066; en el Imperio alemán los enfrentamientos entre partidos nobiliarios; y en Francia el sistema feudal se opone a las instituciones monárquicas).

-Motivación económica y presión demográfica: Los comerciantes genoveses y venecianos, deseaban expandir el comercio entre Oriente y Occidente. En Europa Occidental se vive un periodo de fuerte expansión económica, pero la vida del campesinado empeora por la creciente presión fiscal y las crisis de subsistencia entre 1087-95. Ello originó revueltas y protestas religiosas (en este siglo nació la herejía medieval). La explosión demográfica generó una población marginal sin trabajo ni tierras, que unía su fervor religioso con el afán de riqueza, lo que obligó a emigrar a muchos segundones de la pequeña nobleza, como la mayoría de caballeros franco-normandos que formaron los contingentes de la I cruzada, lo que unido a la proliferación de guerras nobiliarias y la generalización del mayorazgo se formó una capa social de nobles que subsistían gracias al bandolerismo o a la guerra mercenaria. Las clases humildes vieron en las cruzadas un medio para mejorar su nivel económico y preferían probar suerte en tierras lejanas a llevar una vida mísera.

-Control del Mediterráneo: Las cruzadas buscan reabrir las rutas de peregrinación y asegurar el control cristiano del Mediterráneo. Los comerciantes italianos abren el Mediterráneo Oriental al Occidental, monopolizan el tráfico y se convierten en intermediarios y distribuidores de las especies y productos de China e India. A mediados del XII, los mercaderes italianos, hispanos y provenzales, tenían en sus manos casi todo el comercio de las vertientes asiática y africana del Mediterráneo.

El Islam fue llevado por los árabes a Jerusalén en el 637. En el 711 un ejército de árabes y bereberes entró en Hispania y destruyó el Reino Hispano-Visigodo. En el 902 conquistan Sicilia y en el 1009 el califa fatimí, Al-Hákim, impulsa una persecución contra los cristianos, y destruye todas las iglesias de Jerusalén, incluso la del Santo Sepulcro. En Hispania existía una profusión de reinos cristianos y musulmanes en constantes pugnas territoriales. La Reconquista comenzó en Asturias el 718, pero el empuje árabe no se frenó, y tras dominar casi toda Hispania, los musulmanes invaden Narbona, Poitiers y Arlés, siendo expulsados por Carlos Martel y devueltos al sur de los Pirineos. Durante muchos siglos la piratería musulmana fue el azote del mediterráneo, siendo famosas las acciones de los piratas berberiscos con base en Túnez o Argelia.

En la primera mitad del XI las invasiones turcas, por la descomposición del Imperio de Bagdad y la crisis del Imperio chino de los Tang, ahogaron las relaciones entre Bizancio y los países del Norte, y las rutas de caravanas que unían Constantinopla con Asia por el puerto de Trebisonda.

En 1030 caen los Omeyas y se desintegra el califato de Córdoba, dando lugar a los reinos de taifas.

A partir del 1050, la situación del mundo bizantino e islámico se agudiza por conflictos como la división del Sacro Imperio o la anarquía feudal en el Reich alemán, pero en Occidente se da un proceso de renovación de la sociedad feudal, en el aspecto espiritual (reforma cluniacense, trayectoria del Pontificado hacia el gregarismo) y económico (aumento demográfico, intensificación de los cultivos, renacimiento industrial y mercantil).

Cuando en 1085 Alfonso VI conquistó Toledo, Al-Ándalus volvió sus ojos hacia los almorávides, y más aún tras la victoria musulmana de Zalaca el 23/10/1086, lo que provocó que Urbano II enviara una expedición francesa a Hispania. Entre quienes vinieron en auxilio de Alfonso VI de Castilla y Ramiro de Aragón, estaban participantes de la I cruzada como Ramón de Borgoña, Enrique de Lorena, Raimundo de Tolosa, Elvira y su esposo...

Aunque entre 1095 y 1270 se citan ocho cruzadas oficiales, durante los siglos XI y XIII hubo un flujo casi continuo de peregrinaciones armadas a Tierra Santa, no siempre aprobadas por el papado. Algunas lograron establecer reinos cristianos en Oriente, pero la mayoría fueron un fracaso.

I cruzada (1096-99). Urbano II accedió al trono papal en 1088, época de enorme tensión y crisis institucional, por su enfrentamiento con el Sacro Imperio Germánico, y la fatal situación dejada por su antecesor, el antipapa Guibert. En 1095 el bizantino Alejo I Comneno envía una embajada al papa en el Sínodo de Piacenza, solicitando su auxilio. Urbano II para recuperar la influencia política usó la idea de cruzada para erigirse como principal defensor de la fe. Predicó la I cruzada en el concilio de Clermont el 26/11/1095, y al preguntar a las masas si pondrían su espada al servicio de Dios, dijeron «¡Dios lo quiere!». En dicho Concilio se dan dos corrientes espirituales, por un lado la idea de la peregrinación a Tierra Santa que se incrementa en el s. XI, y, por otro, la creciente hostilidad de los selyúcidas, por ello Jerusalén no es el único objetivo para los occidentales, pues también luchan contra el islam y los vendos.

Urbano II se fue por media Europa con un gran séquito para convencer a todo varón en edad de combatir y defender Constantinopla de los musulmanes. El pueblo llano respondió con entusiasmo al llamamiento (por ello se conoce como la cruzada del pueblo o de los pobres) de predicadores como Pedro de Amiens «el Ermitaño», que recorrió ciudades durante el invierno de 1095-96, cuando el hambre y la enfermedad diezmaban a los campesinos. El papa señaló la fecha del 15/8/1096 para la partida, pero los pobres no esperaron, y al llegar la primavera se pusieron en marcha las primeras masas del norte de Francia y Flandes, encabezadas por Gautier «sin Haber». En agosto de 1096 parte un contingente con Godofredo de Bouillón y su hermano Balduino, seguido de otro de flamencos, franceses, ingleses y escoceses a las órdenes del duque Roberto de Normandía, el conde Esteban de Blois y el conde Roberto de Flandes. En octubre sale del puerto de Bari hacia Dalmacia el ejército normando del príncipe siciliano Bohemundo de Tarento junto a su sobrino Tancredo y numerosos nobles de Sicilia y el sur de Italia. Casi al mismo tiempo partieron las tropas cruzadas del Languedoc y Provenza, dirigidas por el conde Raimundo IV de Tolosa, quien al llegar a Tierra Santa se unió a Ademar de Monteil. Tras el afortunado asedio a Nicea y la victoria en Dorilea sobre el Sultán de Iconio, toman Antioquía tras un gran asedio. Un ejército de socorro mandado por Kerboga, emir de Mosul, es puesto en fuga por los cruzados.

Al llamamiento de Urbano y Pedro acudieron españoles curtidos (en 1063 lucharon contra los moros en Barbastro, y Alejandro II les concedió indulgencias plenarias) como Berenguer de Rosanes; Pedro Auduque; Bernardo de Sédirac, lo que unido a la conquista de Valencia por el Cid, infundió de gran moral a los cristianos. Poco después partieron otros grupos dirigidos por el predicador P. el Ermitaño o el sacerdote renano Gottschalk, o caballeros como el francés Foulcher de Chartres o el alemán Emicho de Leiningen. También de Inglaterra, Lorena, Escandinavia e Italia partieron diversos contingentes de pobres, en su mayoría, campesinos, siervos y pobres de las ciudades, pero también delincuentes, proscritos y aventureros, azuzados por la posibilidad de borrar sus faltas a cambio de prestar su espada en combate. La larga marcha a través de Europa hizo estragos, y cuando las limosnas de las gentes que veían atravesar sus tierras no fueron suficientes, comenzaron los pillajes, las destrucciones, violaciones y matanzas. Hubo muertes en masa de judíos, y saqueos para abastecerse lo que provocó la reacción violenta de la población autóctona, y causó muchas bajas en el ejército de los pobres, que fue aniquilado por los búlgaros y selyúcidas al intentar conquistar Nicea el 21/10/1096.

Al ir llegando las tropas, el emperador Alejo I exigió que se le prestará juramento de fidelidad, y algunos cruzados aceptaron (como Bohemundo), pero Raimundo de Tolosa se negó y alcanzó un acuerdo con Alejo. Una vez reagrupadas las fuerzas en el Bósforo, pasaron a Asia, donde vencen al ejército selyúcida en la batalla de Dorilea, pero a partir de allí, tuvieron que afrontar una durísima travesía por las montañas de Anatolia, hostigados por los turcos, el calor y la falta de víveres. Mientras nobles francos como Raimundo de Saint-Gilles (su esposa Elvira. Hija ilegítima de Alfonso VI de León) y Bohemundo con su ejército normando toman Nicea (1097), Antioquía (1098), y tras cinco semanas de asedio Jerusalén, el 15/7/1099. Tras la ocupación de Jerusalén, se establecieron los Estados cruzados en Tierra Santa: el Reino de Jerusalén (con los herederos de Godofredo de Bouillon), el Principado de Antioquía (con Bohemundo de Tarento), el Condado de Trípoli con los descendientes de Raimundo de Tolosa (1109) y el Condado de Edesa con Balduino de Bolonia (1098).

Balduino de Boulogne y el normando Tancredo se adentran en la Cilicia armenia y conquistan Tarso, pero de inmediato Tancredo es derrotado. Balduino entró en la ciudad armenia de Edesa, y su gobernador, Toros, le nombró sucesor. A las pocas semanas Toros murió asesinado por un complot nobiliario que elevó al poder al jefe cruzado. Éste impuso un gobierno tiránico, permitió los saqueos y aplastó cualquier amago de resistencia.

En octubre puso sitio a la ciudad bizantina de Antioquía, y tras un largo asedio el 3 de junio entra en la ciudad, gracias a que Bohemundo sobornó a un guardián de las murallas. Los cruzados saquearon y asesinaron a cuantos musulmanes y judíos encontraron. Pocos días después, el ejército de Mosul puso sitio a Antioquía, muchos huyeron y, entre los que se quedaron, el hambre, las enfermedades y la proximidad de la muerte hicieron proliferar visiones milagrosas, que elevaron la moral y se lanzaron en un ataque desesperado contra los selyúcidas. Pese a que el ejército musulmán era muy superior, los occidentales lograron vencer su resistencia, cosechando así su primera gran victoria frente al infiel. El 7/7/1099 un ejército cruzado muy disminuido acampó frente a Jerusalén (en poder de los fatimíes de Egipto), al día siguiente marcharon hasta el Monte de los Olivos, donde Pedro el Ermitaño pronunció un sermón. Inician el asalto a la ciudad y en sus murallas las tropas de Godofredo de Bouillon logran abrir una brecha el día 15 por la que entró el grueso del ejército y el gobernador se rindió. En las calles de Jerusalén, los cruzados repitieron las atrocidades que hicieron en Antioquía y pasaron a cuchillo a cuantos judíos y musulmanes encontraron. Ante los conflictos generados se acordó entregar la ciudad al legado pontificio Dagoberto de Pisa, pero su gobierno quedó en manos de Godofredo de Bouillón (Defensor del Santo Sepulcro).

Al morir Godofredo de Bouillon (1100) le sucede su hermano Balduino II (señor de Edesa) y se proclama rey de Jerusalén (1100-18). Las leyes del reino de Jerusalén fueron recogidas en el s. XIII en los Assizes de Jerusalén (código jurídico social feudal). Las constantes guerras de los príncipes normandos de Antioquia contra los bizantinos, así como las de los distintos señores feudales entre sí, contribuyen a su debilitación y favorecen el contraataque del islam. Hacia 1118, la debilidad de las reacciones islámicas, tanto turcas como fatimíes, hacía pensar que la instalación de los francos en Tierra Santa sería duradera, pues en sólo 20 años los cruzados arrebataron a los musulmanes todos sus accesos al mar desde Cilicia hasta el Nilo; hasta 1144 controlaron asimismo los pasos del Tauro y del Alto Éufrates, gracias a la posesión de Edesa; y, por último, hasta 1185 dominaron el golfo de Aqaba, ruta de las peregrinaciones hacia La Meca.

Desde la década de 1130, los estados francos vivieron asediados por los ataques turcos y bizantinos y en 1137 ocuparon temporalmente Antioquía. Al tiempo los selyúcidas con el emir Imadeddin Zengi de Mosul inician una gran ofensiva y en el 1144 reconquista el condado latino de Edesa, poniendo en serio peligro al principado de Antioquía, y dando origen a la II cruzada.

El gran problemas de los estados cruzados fue la defensa de sus fronteras frente a los fatimíes en el sur, y los selyúcidas en el norte y este. Los francos nunca pudieron hacerse con el control de la ruta interior Mosul-Alepo-Damasco-Petra, lo que, en la práctica, los abocó a quedar confinados en una estrecha franja costera, a excepción del enclave interior de Jerusalén. Dada la reducida capacidad militar de los francos para mantener su seguridad, los llevó, poco después de la I cruzada, a la creación de las órdenes militares del Hospital y del Temple.

La jerarquía latina sustituyó a la griega en los patriarcados de Antioquía y Jerusalén e impuso una administración diocesana igual a la occidental, que administraba tanto a la población cristiana franca y nativa (sirios melquitas, griegos ortodoxos, monofisitas, nestorianos, maronitas). La autoridad eclesiástica no puso coto a la observancia islámica, aunque muchas mezquitas fueron convertidas en iglesias, en cambio, los judíos sufrieron una gran persecución. Los musulmanes capturados son obligados a trabajar para los latinos, otros fueron vendidos como esclavos por los italianos.

II cruzada (1147-49). En 1145 la promulgó Eugenio III y encomendó su predicación a Bernardo de Claraval, tras la toma de Edesa por los turcos. Al llamamiento se produjo una primera reacción de rechazo popular. En Francia, Renania, Suabia e Inglaterra toman la cruz muchos señores feudales, y dos monarcas, Luis VII de Francia y Conrado III de Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio. Este partió en mayo de 1147 con Conrado III, su sobrino el duque Federico de Suabia (futuro Federico I Barbarroja) y los reyes de Bohemia y Polonia. En las inmediaciones de Dorilea sufre una serie de derrotas por las tropas del sultán de Iconio. A ello se unieron los efectos del hambre y las enfermedades, que diezmaron a las tropas alemanas. Los pocos supervivientes regresaron a Europa, pero Conrado III y el duque de Suabia se quedaron en Nicea, a esperar a los franceses, que habían iniciado el camino en junio. El rey normando Roger II de Sicilia aprovechó la inestabilidad creada por el paso de los alemanes para atacar las islas bizantinas del Mediterráneo oriental y la costa de Grecia. Manuel Comneno, que temía una alianza entre franceses y normandos, firmó la paz con el sultán de Iconio, dejando a los bizantinos desprotegidos para atravesar Asia Menor. A su llegada a Constantinopla Luis VII, tras cruzar el Bósforo para auxiliar a los alemanes, se encontró en Nicea los míseros restos del ejército alemán.

El ejército francés avanzó hacia el este dando un rodeo para evitar los ataques turcos. Pero la durísima travesía de las regiones montañosas de Anatolia mermó mucho sus fuerzas. Conrado III, gravemente enfermo, decidió regresar por mar a Constantinopla. Los franceses prosiguieron su avance hacia el sur, hostigados por los selyúcidas. En marzo de 1148 llegan a Antioquía, y son bien recibidos por el príncipe Raimundo, tío de la reina Leonor de Aquitania. Éste sugirió a Luis VII atacar Alepo, principal base de Nur al-Din, sucesor de Zengi. Pero el francés salió de Antioquía y se dirigió hacia Jerusalén. Allí, tras largas deliberaciones con los barones del reino y con el rey Balduino III, se decidió atacar Damasco, a pesar de que su gobernador (Unur) era uno de los principales aliados de los francos contra Nur-al-Din. El 23 de julio, los cruzados ponen sitio a la ciudad, y cinco días después, la cercanía del ejército de Alepo obligó a los jefes cristianos a retirarse.

La precaria salud (lepra) de Balduino desató las pugnas por la sucesión, y se nombró sucesor a Balduino, hijo de la hermana del rey, Sibila. Pero en 1180 la boda de ésta con Guido de Lusignan, agravó la lucha por el poder. Al partido formado en torno a Lusignan se opuso el partido de los barones nativos, entre los que destacaban los condes de Trípoli y Sidón y la familia de los Ibelin.

El emperador Conrado III y Luis VII de Francia emprenden la guerra, pero su colaboración se ve perturbada por la alianza anti bizantina de Luis VII con Roger II de Sicilia y por la contra alianza entre Miguel Comneno y su cuñado Conrado III, ambos ejércitos son derrotados por separado en Dorilea y Laodicea. Conrado y Luis en Jerusalén, unifican sus fuerzas y organizan dos campañas contra Damasco y Ascalón, pero fracasan.

En 1185 Saladino firmó una tregua y se retiró a Egipto. Este mismo año falleció Balduino IV, y antes de morir encomendó al conde Raimundo de Trípoli la regencia durante la minoridad del sucesor, Balduino V. Pero éste murió al año siguiente y se entregó la corona a G. de Lusignan rompiendo los acuerdos sucesorios. En 1187, el ejército sirio-egipcio cruzó el Jordán al sur del mar de Galilea, el 4/7/1187 se enfrentó al ejército cristiano, exhausto y desorganizado no resistió y en la batalla de Hattin acabó literalmente con el ejército franco. Saladino se lanzó a conquistar Jerusalén ocupando casi todas las ciudades costeras, y el 2/10/1187 se rindió sin condiciones. Respetó la vida del rey, ejecutó a Reinaldo y a cientos de templarios y hospitalarios, y dejó marchar a los colonos francos a cambio de un gran rescate comunitario. Los más pobres, incapaces de reunir la suma acordada, pasaron a ser esclavos. En 1189 estaba bajo su poder todo el reino (salvo la fortaleza de Belvoir y Tiro), así como los territorios de los principados del norte, a excepción de sus capitales, Antioquía y Trípoli. G. de Lusignan fue liberado a fines de 1188, pero Conrado de Montferrato, un tío de Balduino V que se había apoderado de Tiro, se negó a reconocerlo como rey y reivindicó los derechos sucesorios de su sobrino. En 1190, al morir la reina Sibila, G. de Lusignan perdió la legitimidad de sus derechos, y la mayoría de los barones del reino se unió a Montferrato, quien se casó con Isabel, hermana de Sibila. Pero Guido no renunció al trono y reunió a sus partidarios para poner sitio a Acre.

III cruzada (1189-92). El fracaso de la II consiguió la unificación sirio-musulmana. Sin embargo, durante las dos décadas siguientes los reyes Balduino III (1142-62) y Amalarico I (1163-74) lograron mantener sus fronteras e incluso ampliarlas hacia el sur con la toma de Ascalón en 1153 (última gran victoria de los francos). Al año siguiente Nur-Eddin conquistó Damasco, y luego se dirigió hacia Egipto con sus generales Shirkuh y Salah al-Din (Saladino). Ante el temor de que el ejército selyúcida tomara el poder en El Cairo, las tropas de Amalarico I interceptaron su avance y le obligaron a retroceder. A la muerte de Shirkuh en 1169, Saladino se hizo con el poder en El Cairo representando a Nur-Eddin y fundó la dinastía ayubí egipcia. Dueño incontestable de Siria y Egipto, y obedecido ciegamente en El Cairo, Edesa, Alepo, y Damasco, Saladino acaudilló el ataque islámico contra los territorios occidentales en Asia Menor. Contando con la ayuda de Bizancio, consciente del peligro que entrañaba la euforia islámica, los occidentales lograron resistir los primeros ataques. El único foco de resistencia era Tiro, desde donde el marqués Guido de Montferrato envió emisarios a Occidente en busca de refuerzos.

La convocó Gregorio VIII tras la conquista de Jerusalén en 1187 por Saladino, y la continuó Clemente III tras la publicación de la bula «Audita tremendi». La convocatoria desató el descontento popular en Francia e Inglaterra por el «diezmo de Saladino» (por tomar la cruz Federico I Barbarroja). En 1188 partió de Sicilia un primer ejército al mando del rey normando Guillermo II. En mayo de 1189 F. Barbarroja (Hohenstaufen) salió de Ratisbona y el 14 de mayo venció al sultán de Iconio. Federico murió y tomó el mando el hijo del emperador, Federico de Suabia, quien también murió en el sitio de San Juan de Acre. Le sucede Ricardo Corazón de León (Ricardo I de Inglaterra) quien asume los compromisos de su padre con Felipe II, rey de Francia, toma Chipre y la cede a Guido de Lusignan.

Federico I había llegado a un acuerdo con el rey de Hungría y el emperador bizantino Isaac II Ángel, para facilitar el avituallamiento de sus tropas a Constantinopla, pero Isaac II obstaculiza el avance de los cruzados y el alemán renunció a llevar a su ejército hasta Constantinopla, y a fines de marzo de 1190, cruzó los Dardanelos desde Adrianópolis. La muerte del sultán Kilidje-Arslan de Iconio rompió el acuerdo de no agresión que Federico I había pactado con él. Su sucesor selló una alianza con Saladino y hostigó a los cruzados a su paso por Asia Menor. Pese a ello, estos conquistaron Iconio en mayo de 1190. Desde allí, marchan hacia Cilicia a través del Tauro. El 10 de junio, Federico I murió ahogado al atravesar el río Saleph (Anatolia) el 10/7/1190, una parte de su ejército desmoralizado regresó a Europa, y otros llegaron a Antioquía, donde casi todos murieron por una epidemia. En otoño, los pocos supervivientes se unen a Guido de Lusignan en el asedio de Acre que estaba en poder de Saladino.

Las tropas de Inglaterra y Francia partieron juntas en julio de 1190, pero los problemas de abastecimiento les obligaron a separarse. Felipe II se dirigió a Génova, y Ricardo I a Marsella. En septiembre, ambos se reunieron de nuevo en Mesina (Sicilia), donde pasaron el invierno. En la primavera de 1191 los franceses se dirigieron a Tiro y los ingleses a Chipre. Felipe II llegó a Acre y la ciudad se rindió el 11/7/1191. Saladino aceptó ratificar los términos de la capitulación con Ricardo, que incluía un intercambio de prisioneros y la devolución de la reliquia de la Vera Cruz, en poder del sultán desde 1187 (el incumplimiento del acuerdo respecto a la liberación de cautivos por parte de Ricardo I impidió que Saladino devolviera la reliquia). Ricardo y Saladino firman el 2/9/1192 el tratado de Jaffa que incluía una tregua de cinco años, autorización para entrar los peregrinos y mercaderes cristianos en Jerusalén, y la entrega a los francos de una estrecha franja costera desde Tiro hasta Jaffa. La dominación musulmana sobre Jerusalén hizo trasladar la capital franca a Acre. La tregua fue aprovechada por los reinos del norte, y en 1187, al morir el príncipe Raimundo III, el condado de Trípoli pasó a su hijo, Bohemundo III de Antioquía, quedando unidos los dos principados cristianos septentrionales.

La consecuencia más duradera de la III cruzada fue la toma de Chipre por Ricardo. En la isla se instaló como gobernador Guido de Lusignan, que poco antes del fin de la cruzada fue definitivamente desposeído de la corona de Jerusalén, y coronado rey Conrado de Montferrato, que fue asesinado poco después y el trono pasa al conde Enrique de Champaña, que se casó con Isabel, viuda de Montferrato.

En 1197, a la muerte de Enrique de Champaña, Amalric de Lusignan, señor de Chipre, se hizo con el trono de Jerusalén-Acre. A su muerte (1205), los reinos de Chipre y Jerusalén se separaron, pasando este último en 1210 a Juan de Brienne (designado por Felipe Augusto de Francia). El emperador Enrique VI se propone no solo la liberación de Tierra Santa, sino también servir a los normandos de Sicilia, que intentan la conquista del Imperio Bizantino, pero su muerte reduce el resultado de la III cruzada a la ocupación de una franja costera junto a Antioquia.

IV cruzada (1202-04). Fue un error político por la perversión del ideal de cruzada y el drástico debilitamiento del mundo cristiano, al destruir el bastión que hasta entonces representaba Bizancio frente al Islam. Por otra parte, la voracidad de los cruzados sólo contribuía a ahondar la separación entre la cristiandad latina y la griega. Con su destino inicial a Tierra Santa, se desvió hacia Constantinopla, cuya toma en 1204 dio lugar a la creación del llamado Imperio latino. En septiembre de 1198 Inocencio III convocó una nueva cruzada que tuvo poco éxito entre el pueblo llano, pero fue bien acogido por la nobleza francesa, donde tomaron la cruz señores feudales, como Teobaldo de Champaña, Balduino de Flandes o Simón de Montfort. La intervención de los venecianos guiados por el nonagenario dux Enrico Dándolo fue decisiva.

Desde el s. XI, Venecia tenía un papel preponderante en el comercio con Levante. Pero la implantación de los venecianos a lo largo del s. XII amenazó con acabar con el comercio griego. En 1171 el emperador Manuel Comneno ordenó la detención de todos los mercaderes y residentes venecianos y la confiscación de sus bienes, por lo que las relaciones entre Venecia y Bizancio quedaron suspendidas unos 15 años. En 1185, Andrónico Comneno se comprometió a indemnizar a Venecia por esos daños. Sus sucesores reiteraron la promesa, pero no la cumplieron. Poco antes de convocarse la IV cruzada, el emperador Alejo III decretó el cobro de impuestos a los comerciantes venecianos y otorgó amplios privilegios comerciales a Pisa y, luego en 1201 a Génova. En este contexto, la cruzada ofrecía a Venecia una oportunidad única para imponer su supremacía comercial en el Mediterráneo oriental en contra de Bizancio.

Los cruzados señalaron a Egipto como objetivo de la expedición, por ser la base de poder de los ayyubíes. Ello no interesaba a Venecia, que desde fines del s. XII mantenía estrechos vínculos comerciales con los musulmanes. Desde fines del s. XII, el Imperio germánico y el bizantino sostenían pugnas constantes por la dominación de los Balcanes. A ello se unió la pretensión del rey alemán Felipe de Suabia de ostentar la corona imperial bizantina. En 1195 un golpe de estado derrocó al emperador Isaac II Ángel, cuya hija estaba casada con Felipe de Suabia. Este mantuvo contactos con la oposición al nuevo emperador, Alejo III, y en 1201 decide incorporarse a la cruzada, y logra que se nombre jefe de campaña a su pariente el marqués Bonifacio de Montferrato. A principios de 1202, el príncipe Alejo, hijo de Isaac II Ángel y cuñado de Felipe de Suabia, visitó Italia para pedir al papado y a Bonifacio de Montferrato ayuda militar para restaurar en el trono a su padre, prometiendo a cambio la sumisión de la Iglesia griega. En el verano de 1202 se reunieron en Venecia cruzados alemanes, franceses e italianos. La autoridad veneciana los concentró en la isla del Lido. Entretanto, venció el plazo para pagar los 85.000 marcos de plata pactados, pero los cruzados sólo pudieron reunir unos 50.000. El dux ordenó que se les suspendiera el abastecimiento hasta que pagasen la deuda. Bonifacio de Montferrato y Enrico Dándolo, firman un acuerdo con los enviados de Felipe de Suabia y el príncipe Alejo (Alejo IV) para intervenir Constantinopla, y que para saldar su deuda, los cruzados ayudarían a Venecia, si los venecianos cedían las naves para el transporte de los cruzados a conquistar la ciudad balcánica de Zara y Dalmacia, lo que significaba atacar los dominios del rey cristiano Emerico de Hungría, pero pese a las amenazas papales, el 24/11/1202 Zara fue conquistada y saqueada por los cruzados, apoyados por la flota de Venecia. El ejército pasó el invierno en Dalmacia. Fue entonces cuando la cruzada se desvió hacia Bizancio. Mientras se preparaba la campaña, Inocencio III amenazó de nuevo con la excomunión si los cruzados atacaban Bizancio. En abril, el ejército desembarcó en Corfú, donde se le unió el príncipe Alejo, y a finales de mayo partió hacia Constantinopla. El 18 de julio y para evitar que los cruzados entraran en la ciudad, la nobleza restableció en el trono a Isaac II Ángel y nombró co-emperador a Alejo IV, quien se negó a cumplir el acuerdo de Zara, suspendió el abastecimiento al ejército cruzado y se desató una guerra abierta. En enero de 1204, un complot nobiliario depone a Alejo IV, y nombra a Alejo Ducas (Alejo V) que exigió la inmediata retirada de los cruzados. Pero, para entonces, estos ya habían firmado un acuerdo, para el reparto del botín, que establecía la entrega a Venecia de las tres cuartas partes de lo conquistado y el reparto del poder entre las distintas facciones occidentales. Una comisión de doce notables (6 venecianos y 6 cruzados) eligió al emperador, al que todos los cruzados prestarían homenaje, excepto el dux veneciano. El nuevo emperador latino recibiría sólo un cuarto del territorio, el resto sería repartido por igual entre cruzados y venecianos. Estos se aseguraron además el control sobre las rentas de la Iglesia ortodoxa. El 12/4/1204 los cruzados irrumpieron en la ciudad, y saquearon los fabulosos tesoros de Constantinopla siendo unos repartidos y otros destruidos conforme al espíritu de los bárbaros cruzados.

La cruzada iniciada por Inocencio III dirigida contra Egipto para reconquistar Jerusalén, culminó con el enfrentamiento entre cristianos en Constantinopla. Tras la toma y saqueo de Constantinopla se constituyó el Imperio Latino de Occidente, que desapareció en 1291 ante la reacción bizantina y constituyeron el llamado Imperio de Nicea, al tiempo que Génova sustituye a Venecia en el control del comercio bizantino. El 9/5/1204 los cruzados eligieron emperador al conde Balduino IX de Flandes. Los venecianos designaron como patriarca a su compatriota Tommaso Morosini. Durante los años siguientes, cruzados y venecianos se extendieron por los Balcanes, Grecia insular y parte de Asia Menor. Balduino conquistó la mayor parte de Tracia y Bonifacio de Montferrato fundó el reino de Tesalónica, que incluyó las provincias de Tesalia, Ática, Beocia y el sur del Peloponeso, en este se creó el principado de Acaya convertido en el principal señorío feudal del imperio latino. Pero los más favorecidos por las conquistas fueron los venecianos, que, además de asegurarse el control del Bósforo y Adrianópolis, pasaron a controlar las redes comerciales del mar Negro y del Mediterráneo oriental, desde Constantinopla a Egipto.

En 1212 se da la cruzada de los niños, pues millares de adolescentes, arrebatados de entusiasmo por el fervor religioso y combativo de las cruzadas, son embarcados en Marsella, desde donde los armadores los conducen a Alejandría y los venden como esclavos.

La resistencia bizantina al dominio franco se organizó en los territorios que quedaron a salvo de la conquista, donde se fundaron los reinos independientes de Epiro, Nicea y Trebisonda. En 1222 el reino de Tesalónica cayó en poder de los bizantinos de Epiro. Desde Nicea los griegos hostigaron las posesiones latinas. En 1261, aprovechando que los francos habían abandonado Constantinopla para apoyar a los venecianos en el mar Negro, el emperador de Nicea, Miguel Paleólogo (jefe de la casa imperial griega), entró en la ciudad con el apoyo de la población y de una flota de genoveses, y elimina a los francos de Constantinopla, fracasando las tentativas de unión entre las iglesias griega y romana.

V cruzada (1217-21). En el s. XIII las cruzadas perdieron su poder de convocatoria, pues el papado contribuyó a desvirtuar el ideal de cruzada al utilizarlo como instrumento para, imponerse sobre sus enemigos religiosos (como ocurrió contra los cátaros), políticos (como las cruzadas contra los Hohenstaufen) o llenar las arcas.

En 1215 el IV concilio de Letrán convocó la cruzada que debía partir dos años después. Participaron tres reyes (Andrés II de Hungría, Juan Sin Tierra de Inglaterra y Federico II de Hohenstaufen, rey de Sicilia y futuro emperador de Alemania), pero en 1216 mueren J. Sin Tierra e Inocencio III, lo que aprovechó Federico para eludir su compromiso. Andrés II salió hacia Tierra Santa en el verano de 1217. Junto a él fueron algunos príncipes del sur de Alemania, el duque Leopoldo de Austria y el conde Guillermo de Holanda. Conducen sus ejércitos hasta San Juan de Acre y, tras un tratado con el sultán de Egipto El Kamil, obtienen Jerusalén, Belén y Nazareth. En 1218 (tras el regreso a Europa de Andrés II) los alemanes y holandeses lanzaron una ofensiva contra Damieta (considerada la puerta de Egipto). Tras su fracaso las tropas del duque Leopoldo de Austria regresan a Europa, pero muchos quedaron y a pesar del hambre siguieron con el asedio. El sultán Malek al-Kamil llegó a ofrecer la devolución del reino de Jerusalén y la restitución de la Vera Cruz, a cambio de la retirada de los cruzados. Pero el legado pontificio Pelagio Albino se opuso, apoyado por los italianos y las órdenes militares y en contra de la opinión de Juan de Brienne, rey de Jerusalén-Acre. El 5/11/1219, tras año y medio de asedio, Damieta cayó en poder de los cruzados, con el apoyo del cardenal Pelayo Galván (de León), a quien Honorio III encargó la expedición a Tierra Santa en 1218. La toma de la ciudad hizo estallar rencillas entre cristianos, Juan de Brienne reclamó su cesión al reino de Jerusalén; y Pelagio para el papado. En junio de 1221 se lanza un ataque contra la fortaleza de Mansura, al sur de Damieta. Pero la crecida del Nilo frustró la ofensiva y los cristianos tuvieron que retirarse, perseguidos por los musulmanes. Ello les obligó a pedir la paz, con un mal acuerdo para los occidentales, que incluía una tregua de ocho años y la devolución sin condiciones de Damieta a los ayyubíes.

VI cruzada (1227-29). Promulgada en 1225 por Honorio III, su llamamiento no tuvo éxito y la salida fue aplazada hasta dos años después. Entretanto, Federico II se casó con la heredera del trono de Jerusalén-Acre, Yolanda, hija de Juan de Brienne, y se proclamó candidato al trono. Un año después, el emperador estableció una alianza con el sultán al-Kamil en contra del emirato de Damasco.

En 1227 se reúnen en Brindisi cruzados alemanes, ingleses, italianos y franceses. Parte del ejército se embarcó hacia Siria, pero Federico tuvo que retrasar su partida por enfermedad. El papa no aceptó la nueva demora y le excomulgó. Este partió al año siguiente sin la autorización papal y llegó a Chipre el 21 de julio. La isla estaba entonces gobernada por el noble franco Juan de Ibelín, elegido regente durante la minoridad del rey Enrique I. El emperador exigió que le fueran reconocidos sus derechos como soberano feudal de Chipre, cuya monarquía había sido establecida por el anterior emperador germánico, Enrique VI. Asimismo, exigió la regencia del reino de Jerusalén en nombre de su esposa y de su hijo, Conrado. La nobleza franca se resistió a aceptar las exigencias y Federico tuvo que partir hacia Acre sin ningún avance, pues sólo contaba con el apoyo de los pisanos y de los caballeros teutónicos del príncipe de Antioquia. Federico recurrió al apoyo de al-Kamil, y en febrero de 1229 ambos firmaron un acuerdo que incluía una tregua de diez años y la cesión a Federico de Jerusalén, Belén y un corredor que las conectaba al mar. A cambio, el emperador se comprometió a apoyar militarmente al sultán contra sus enemigos (los príncipes francos de Antioquía y Trípoli y las órdenes militares). Un mes después, Federico se auto coronó rey en Jerusalén. En la paz de Saint-Germain de 1230 el papa se vería obligado a reconocer los pactos del emperador con los musulmanes y a levantar el interdicto sobre la Ciudad Santa. Los barones se impusieron en Chipre en 1233, pero en Jerusalén el enfrentamiento continuó hasta 1243, cuando la nobleza franca entregó la regencia del reino a Alicia, reina viuda de Chipre.

En 1239, año en que vencía la tregua pactada por Federico, partió desde Lyon un pequeño ejército cruzado al mando de Teobaldo de Navarra y del duque Hugo de Borgoña. A su llegada a Palestina, los jefes cruzados siguieron el consejo de las órdenes militares para unirse al ejército del emir Ismail de Damasco con el fin de lanzar una ofensiva contra el sultán Asal Ayyub de Egipto. Tras sufrir una severa derrota junto a Ascalón, el ejército cruzado regresó a Europa sin conseguir nada. El sultán egipcio aprovechó esta circunstancia para atacar y conquistar Jerusalén en septiembre de 1244. La toma de la ciudad fue seguida por el asesinato de la mayor parte de la población cristiana.

VII cruzada (1248-54). Sólo el rey de Francia Luis IX, conocido como San Luis de los Franceses (hijo de Blanca de Castilla), se mostró dispuesto a encabezarla. Embarcó en el puerto francés de Aigues-Mortes y desembarcó cerca de Damieta, ciudad que conquistó. Luego decidió lanzar una ofensiva contra Egipto, y puso sitio a la fortaleza de Mansura, para abrir una brecha que permitiera el avance hacia Jerusalén. Los franceses, viendo las dificultades para dominar a los sarracenos, trataron de conseguir una alianza con los mongoles, pero el acuerdo no fue posible. En febrero de 1250 el ejército cristiano es derrotado con muchas muertes con caballeros como Roberto de Artois, hermano del rey. Poco después, los musulmanes hundieron la flota cristiana anclada junto a Mansura, cortando así los suministros que llegaban al campamento cruzado desde Damieta. Luis intentó mantener el asedio, pero el hambre y la enfermedad lo obligaron a ordenar la retirada, en la que muchos murieron y otros muchos fueron apresados. Entre estos últimos, el propio rey y sus hermanos, por quienes el sultán exigió un inmenso rescate. Tras la liberación de Luis IX el 6/5/1250, Damieta fue devuelta a los musulmanes. A pesar de su fracaso, el rey no volvió a Europa, sino que fue a San Juan de Acre. En abril de 1254 Luis IX regresó a Francia sin haber reconquistado Jerusalén.

VIII cruzada (1270). Desde mediados del s. XIII, las colonias latinas de ultramar sufren una gran decadencia, provocada por las luchas nobiliarias, las guerras entre templarios y hospitalarios y los enfrentamientos comerciales entre genoveses, pisanos y provenzales. A todo ello se unió, desde la década de 1240, el avance de los mongoles, que en vísperas de la VII cruzada devastaron el principado de Antioquía y en 1250 invadieron el interior de Siria. Pero la mayor amenaza para los latinos siguió siendo el sultanato de Egipto, donde en 1260 se estableció la belicosa dinastía mameluca. El sultán Baibars I extendió su dominio a los pequeños estados musulmanes de Siria y desde 1265 se apoderó de varios estados latinos. Ante esta situación Luis IX decidió tomar de nuevo la cruz para frenar la ofensiva islámica. En el verano de ese mismo año el rey partió con un pequeño ejército francés. Los cruzados desembarcaron en la costa tunecina el 17/7/1270. Poco después se apoderaron de Cartago, donde esperaron la llegada de las tropas de Carlos de Anjou, que había retrasado su partida. Al llegar a Cerdeña el rey decidió atacar Túnez (país cristiano desde San Agustín), pues Carlos de Anjou, hermano del rey, que acababa de proclamarse rey de Sicilia, exigió la renovación del tributo que los emires de Túnez rendían a los reyes sicilianos. Al-Mustansir se negó, ofreció asilo a los partidarios de los Hohenstaufen, antecesores de Carlos en el trono de Sicilia, y pidió ayuda a Baibars I, que dirigió su ejército hacia Túnez. Pero el calor y la peste diezmó al ejército cristiano y acabó con la vida de Luis IX. Poco después desembarcaron las tropas dirigidas por Carlos de Anjou, Felipe III (sucesor de Luis IX) y Teobaldo de Navarra, que obtuvieron algunos éxitos contra las tropas emirales. En octubre, Carlos de Anjou firmó la paz con Al-Mustansir, quien renovó el tributo al rey de Sicilia y le concedió los únicos e importantes privilegios comerciales. La cruzada se desintegró tras la muerte, por enfermedad del rey francés.

El balance de las cruzadas es negativo, pues no cumplieron los objetivos que las alentaron.

El primero era la conquista de Jerusalén, y su consecuencia fue reavivar luchas religiosas que perturbaron la convivencia. Por un lado, los musulmanes de Oriente opusieron a la conquista latina el mandato islámico de la yihad. Por otro, en Europa occidental provocaron una oleada de violencia antisemita a lo largo de las rutas de los peregrinos y sus predicadores que acabó con la convivencia entre judíos y cristianos. Y por último, en Siria, Armenia y Palestina los cruzados tuvieron que enfrentarse a las comunidades cristianas no latinas.

El segundo de salvar al Imperio bizantino dio como resultado la conquista de Constantinopla en 1204, que contribuyó de manera decisiva a su decadencia y derrota final frente al Islam en el s. XV. Aunque en un principio los emperadores de Constantinopla fueron aliados de los católicos de Europa, con el tiempo emergieron fracturas en sus relaciones profundizando las diferencias entre la Iglesia de Roma y la Ortodoxa.

El tercero era unir a la cristiandad contra el infiel, pero la pugna de intereses entre los cruzados sólo generó conflictos por el reparto del poder y las riquezas, conflictos sociales entre clérigos y laicos; caballeros y pobres, y conflictos entre cruzados occidentales y latinos orientalizados. Surgen órdenes religiosas en el seno de la Iglesia, como los Templarios (protectores de los peregrinos hacia Tierra Santa), los Hospitalarios (que daban atención médica a los viajeros), etc.

Las cruzadas tuvieron importantes consecuencias históricas, como la reapertura de la navegación en el Mediterráneo para los europeos y el impulso de las relaciones comerciales entre Occidente y Oriente.

En lo económico, al inicio del movimiento cruzado, Siria y Palestina habían dejado de ser regiones comerciales estratégicas, pues la conquista turca desorganiza las rutas caravaneras que llevaban a Tierra Santa. Durante los dos siglos que duraron las cruzadas, las principales redes comerciales del Mediterráneo pasaban por Bizancio, Egipto y el Magreb, no por Tierra Santa. No obstante Génova, Pisa y Venecia, que en principio se mostraron reticentes respecto a las cruzadas, aprovecharon las oportunidades que estas les ofrecieron. Su comercio con Siria y Palestina se limitó a intercambios locales poco importantes en comparación con las grandes rutas comerciales marítimas entre Bizancio, Europa occidental y Egipto.

Durante los siglos XIII y XIV se realizaron campañas a Tierra Santa consideradas simples razias de aventureros y caballeros de fortuna. Las cruzadas habían cesado, y los últimos dominios latinos en Siria y Palestina cayeron a manos de los mamelucos.

En 1231 Gregorio IX formaliza los tribunales eclesiásticos de la inquisición (1184) del papa Lucio III, y en 1478 con el papa Sixto IV a petición de los reyes católicos se crea la inquisición española, llegando las cruzadas a su fin. A comienzos del s. XIII se hizo el llamamiento a dos cruzadas dentro del territorio europeo: contra los cátaros en el Languedoc (1209) y contra los musulmanes en España (1215). También se convocaron cuatro cruzadas destinadas a liberar Tierra Santa, aunque las dos desarrolladas en territorio europeo tuvieron éxito militar, la situación en Tierra Santa fue de mal en peor debido a la fortaleza musulmana. Por ello en 1291 desapareció definitivamente la presencia católica en aquella región.


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