Las guerras Carlistas son conflictos civiles del siglo XIX (1833-76) que marcaron el devenir de la España contemporánea y giraron, sobre todo, en torno a disputas dinásticas e ideológicas entre:
- Los carlistas que apoyan la monarquía absolutista, el catolicismo y las instituciones del antiguo régimen (señoríos, gremios y fueros).
- Los cristinos o isabelinos que apuestan por una monarquía constitucional, parlamentaria, la centralización y las reformas, y respaldan la monarquía liberal de Isabel II (viuda de Fernando VII).
Las causas las podemos agrupar en cuatro grandes bloques:
- Dinásticas. El conflicto sucesorio tras la muerte de Fernando VII. La Ley Sálica impedía reinar a las mujeres, pero Fernando la derogó para que su hija Isabel II pudiera ser reina. Los carlistas apoyaban a su hermano Carlos (La Pragmática Sanción de 1830 permitió a Isabel ser reina, pero los carlistas la consideraron ilegal).
- Ideológicas. El enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo, que ya venía de la Guerra de la Independencia y la Constitución de 1812. (Los carlistas veían en el liberalismo una amenaza a la religión, la monarquía y el orden social tradicional).
- Sociales. El apoyo del carlismo provenía de sectores rurales, campesinos y el clero, que veían en el liberalismo la pérdida de sus privilegios y su forma de vida. (En el País Vasco y Navarra, los fueros garantizaban exenciones fiscales y un estatus especial; los liberales querían suprimirlos).
- Económicas. La defensa de las estructuras económicas del Antiguo Régimen: propiedad comunal, señoríos, gremios, frente al liberalismo individualista y capitalista (Los campesinos temían las desamortizaciones que vendían tierras comunales a particulares).
Antes del nacimiento de
Isabel, el heredero del trono era Carlos M.ª Isidro de Borbón, pero al tener el
rey Fernando VII, descendencia, y femenina, promulgó en 1830 la Pragmática
Sanción, para derogar la afrancesada Ley Sálica de 1713 de Felipe V que
imposibilitaba a la mujer acceder al trono. En 1832 y ante el mal estado de
salud del rey, su hermano Carlos M.ª Isidro, aprovechó para que la derogara,
pero antes de morir, la volvió a validar cerrando el acceso de Carlos al trono,
y llegando al poder Isabel II, que ostentaba desde su nacimiento el título de
princesa de Asturias, pero al ser menor de edad fue regentada por su madre M.ª
Cristina y apoyada por la nobleza, las altas jerarquías del ejército, la
Iglesia, el estado y los liberales que vieron en la defensa de los derechos
dinásticos de Isabel la posibilidad del triunfo de sus ideales, con la ayuda de
Inglaterra, Francia y Portugal.
El 29/9/1833 muere Fernando
VII y su hermano Carlos se proclama rey de España, con levantamientos en el
País Vasco y Navarra, pues el nuevo gobierno liberal quería acabar con sus
fueros. A ellos se unió Cataluña para recuperar los fueros quitados con los
Decretos de Nueva Planta de Felipe V tras la Guerra de Sucesión. Carlos entró
en España y se puso al frente de su bando con el apoyo de Rusia, Austria,
Prusia y los opositores a la revolución liberal (pequeños nobles, parte del
bajo clero y muchos campesinos). El 2/10/1833 los Voluntarios Realistas de
Talavera, encabezados por Manuel M.ª González, administrador de correos, se
alzan en armas al grito de ¡Don Carlos rey de España!, lo que provocó que otros
grupos formaran guerrillas con campesinos, jornaleros, artesanos, delincuentes,
mercenarios, insumisos del ejército, antiguos combatientes contra la ocupación
francesa, y por supuesto los carlistas convencidos, guiados por la pequeña
nobleza rural, por contra, los mayores fracasos fueron en las grandes ciudades
con los ricos comerciantes al frente. La adhesión de buena parte del clero a
los sublevados, por verlos como el mejor antídoto contra el liberalismo (y sus
medidas de libertad de culto, el matrimonio civil y la educación laica),
provocó la quema de conventos y el fusilamiento de frailes en el verano de
1834. Algunos de estos religiosos llegarían a formar y dirigir sus partidas,
como el cura Santa Cruz, verdadero azote de las fuerzas reales en la II guerra
carlista.
I (1833-40). El movimiento
carlista se gestó por la Pragmática Sanción y se fraguó con la subida al trono
de Isabel II a la muerte de su padre. Los partidarios de Carlos, carlistas o
apostólicos apoyan a Carlos M.ª Isidro, hermano de Fernando VII, como legítimo
heredero al trono. Están unidos por el lema «Dios, Patria, Rey y Fueros», el
inmovilismo (antiguo régimen), defensa del absolutismo, el catolicismo
conservador, el foralismo, las exenciones fiscales y de quintas, y su oposición
radical a las reformas liberales. Se extendió, por las regiones vasco-navarras,
el Maestrazgo, la montaña catalana, la serranía de Ronda y la sierra de
Córdoba, en tres fases:
La 1.ª
comenzó con la aparición de partidas de oficiales que habían servido de
voluntarios realistas en la Década Ominosa. El alzamiento es sofocado y los
carlistas se reorganizan en la zona vasco-navarra con el Gral. T.
Zumalacárregui (con él logran inicialmente varios éxitos militares por su
brillante estrategia y los apoyos locales), pero el gobierno de Martínez de la
Rosa vio la necesidad de acabar con el infante Carlos en Portugal, y confió la
diplomacia al marqués de Miraflores y al duque de Frías, y el 22/4/1834 firman
en Londres la Cuádruple Alianza (Gran Bretaña, Francia, Portugal y España),
aunque las tropas españolas ya habían entrado en Portugal y conseguido acabar
la guerra y expulsar a don Carlos y don Miguel. La batalla de Mendigorria freno
el avance carlista hacia el sur.
La 2.ª se
caracterizó por el dominio carlista. El ejército cristino acusaba la floja
Hacienda de Madrid y el poco apoyo militar extranjero, de forma que en junio de
1836 el Gral. carlista Gómez organizó una expedición que llegó hasta Córdoba y
en septiembre de 1837 el propio Carlos alcanzó Arganda, sin entrar en un Madrid
desguarnecido.
La 3.ª fue
de clara hegemonía gubernamental al culminar la reorganización de su ejército y
aprovechar la división carlista en dos facciones:
El partido
navarro heredero del realismo exaltado, defensor de la guerra a ultranza y del
gobierno absolutista.
El partido
castellano formado por realistas moderados que buscan una solución
transaccional a la lucha armada.
La muerte de Zumalacárregui el
24/7/1835 durante el sitio a Bilbao, y la victoria del Gral. Espartero en
Luchana en 1836, aumentó la división carlista. Harto de tal incompetencia,
Carlos puso al Gral. Rafael Maroto al mando, quien sabedor de que la derrota
estaba cerca, aceleró las negociaciones con Espartero para desembocar en el
«Abrazo de Vergara» el 31/8/1839, entre el liberal (Espartero) y el carlista
(R. Maroto) poniendo fin a la guerra, y provocando la descomposición del
ejército carlista y la huida de Carlos a Bourges. Acordaron mantener los fueros
en las provincias vascas y navarras e integrar a la oficialidad carlista en el
ejército liberal. Las partidas de intransigentes dirigidas por R. Cabrera «El
tigre del maestrazgo» continuaron la guerra por el Maestrazgo aragonés hasta su
derrota en 1840.
II (1846-49). Se desarrolló
sobre todo en Cataluña, donde los carlistas intentan aprovechar el descontento
local.
La abdicación de Carlos en su
primogénito Carlos Luis (Carlos VII) de 27 años, abrió una nueva vía para que
ambas corrientes vieran satisfechas sus pretensiones al creer una posible boda
con Isabel II, entonces de 15 años, pero la ilusión duró poco, ya que la reina
contrajo matrimonio con su primo Fco. de Asís de Borbón. La revuelta se inició
en Cataluña con la campaña de los montemolinistas (por el fracaso de casar a
Isabel II con Carlos Luis M.ª Fernando de Borbón y Braganza, conde de
Montemolín) o «guerra de los Matiners». En 1849 los insurrectos intentaron
traer a España al pretendiente Carlos Luis de Italia, pero éste fue detenido en
la frontera por la policía francesa. El detonante de la nueva insurrección fue
la entronización de una dinastía extranjera, la de los Saboya con Amadeo I. El
1/4/1860 el capitán Gral. de Baleares Jaime Ortega y Olleta, realizó un
pronunciamiento a favor de Carlos Luis de Borbón, con el que pretendía
destronar a Isabel II, mediante el envío de una expedición militar a San Carlos
de la Rápita, pero fracasó por la negativa de sus oficiales, y se conoce como
el fracaso de la «Ortegada».
Tras el destronamiento de Isabel
II y el paso de numerosos militares isabelinos a las filas carlistas, estos
intentaron un alzamiento que fracasó, y en el que se destacó, en la provincia
de León, la partida de Pedro Balanzátegui, quien sería fusilado.
El estallido protagonizado por
Carlos al ordenar a los diputados que desalojasen sus palcos al grito de ¡Abajo
el extranjero!, al tiempo que partidas se alzan en armas en Navarra bajo el
mando del Gral. Eustaquio Díaz de Rada, derrotadas en Oroquieta obligó a Carlos
a marchar a Francia.
III (1872-76). Fue la más
larga y la de mayor impacto. Terminó tras la abdicación de Isabel II y la
restauración de la monarquía borbónica en 1874 con Alfonso XII (hijo de Isabel
II) que derroto a los carlistas en 1876 poniendo fin al conflicto.
El descontento carlista
resurgió tras la Revolución de 1868 (La Gloriosa), que derroco a Isabel II, e
instauro la I Republica Española (1873-74). Poco a poco el ejército carlista
fue creciendo y sus victorias como las de Eraul, en 1873, propician el regreso
de Carlos VII (nieto de Carlos M.ª Isidro) que con un auténtico ejército
controló las provincias vasco-navarras, a excepción de Bilbao que resistió unos
cien días. Con la victoria en Lácar los carlistas controlan gran parte del
norte. La victoria liberal en Montejurra pone fin a la guerra. El 1/1/1875 el
pronunciamiento del Gral. Martínez Campos, expulsó de España a Amadeo I,
entronizando a Alfonso XII el 1/1/1875, a la vez que se formaba un nuevo
gobierno presidido por A. Cánovas del Castillo. Los liberales suprimieron los
fueros vascos y navarros del todo (Ley de 1876).
Al llegar Alfonso XII al trono fue bien acogido, tomó el mando del ejército, derrotó a las tropas de Carlos, y tras la caída de La Seo de Urgel se pone fin a la guerra en toda el área catalana, hundiendo el último reducto de Estella. Los generales Martínez Campos y Fernando Primo de Rivera derrotan a los carlistas en el resto de España, y al que iba para Carlos VII solo le restó cruzar, otra vez, la frontera para siempre por Arneguy el 28/2/1876. En 1888 el sector más intransigente del carlismo, partidario de la unidad católica de España, se separa de Carlos, creando el Partido Integrista, que produjo el alzamiento carlista de 1900 en Badalona, y se extendió a otras localidades de España, aunque la rebelión fracasó rápidamente.
Sus consecuencias:
- Políticas: Pese a los reveses, el liberalismo se impuso como sistema dominante. La monarquía isabelina primero, y la restauración borbónica después, consolidaron un estado liberal, aunque moderado. La supresión de los fueros vascos y navarros en 1876 unificó el sistema fiscal y administrativo, aunque Navarra mantuvo algunos privilegios económicos (Concierto Económico). Los generales (Espartero, Narváez, O’Donnell, Serrano) adquirieron un enorme poder político, protagonizando pronunciamientos y gobiernos militares. El carlismo dejó de ser una amenaza militar, pero sobrevivió como movimiento político (tradicionalista) hasta el siglo XX.
- Económicas y sociales: Campos arrasados, pueblos incendiados, infraestructuras destruidas. La guerra afectó especialmente al norte y al este de España. La emigración a América aumentó, especialmente desde las zonas rurales más afectadas. La guerra aceleró las desamortizaciones de tierras eclesiásticas y municipales para financiar el esfuerzo bélico, lo que transformó la propiedad de la tierra y creó una nueva clase de propietarios. El estado liberal necesitó un ejército fuerte, que se convirtió en un pilar del régimen.
- Regionales: La abolición de los fueros vascos y navarros (1876) generó un profundo resentimiento que alimentó el nacionalismo vasco. En Navarra, el País Vasco y Cataluña, el carlismo se convirtió en una seña de identidad que perduró en la cultura política de estas regiones. Las guerras acentuaron la división entre los «de arriba» (liberales) y los «de abajo» (carlistas, rurales), que se tradujo en décadas de tensiones sociales.
- A largo plazo: La abolición de los fueros fue un trauma para el País Vasco y Navarra. Muchos vascos vieron en el carlismo la defensa de su identidad, pero al ser derrotados, el sentimiento de agravio creció. Sabino Arana, fundador del PNV en 1895, se inspiró en la defensa de los fueros y la tradición católica, pero dio un giro hacia el nacionalismo independentista, combinando la defensa de la lengua vasca y la raza con la religión.
- En el estado español. Las guerras carlistas consolidaron un estado liberal centralizado, pero al precio de crear descontento en las periferias. El ejército se convirtió en un actor político clave, lo que llevó a décadas de pronunciamientos y a la posterior dictadura de Primo de Rivera (1923). El carlismo sobrevivió como movimiento político, y durante la Guerra Civil (1936-39) se alineó con el bando sublevado, aunque con matices. El régimen de Franco integró parte del ideario carlista (nacionalcatolicismo), pero no restauró los fueros ni la monarquía tradicional.
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