domingo, 9 de febrero de 2025

LAS GUERRAS CARLISTAS

Las guerras Carlistas son conflictos civiles del siglo XIX (1833-76) que marcaron el devenir de la España contemporánea y giraron, sobre todo, en torno a disputas dinásticas e ideológicas entre:

  • Los carlistas que apoyan la monarquía absolutista, el catolicismo y las instituciones del antiguo régimen (señoríos, gremios y fueros).
  • Los cristinos o isabelinos que apuestan por una monarquía constitucional, parlamentaria, la centralización y las reformas, y respaldan la monarquía liberal de Isabel II (viuda de Fernando VII).

Las causas las podemos agrupar en cuatro grandes bloques:

  • Dinásticas. El conflicto sucesorio tras la muerte de Fernando VII. La Ley Sálica impedía reinar a las mujeres, pero Fernando la derogó para que su hija Isabel II pudiera ser reina. Los carlistas apoyaban a su hermano Carlos (La Pragmática Sanción de 1830 permitió a Isabel ser reina, pero los carlistas la consideraron ilegal).
  • Ideológicas. El enfrentamiento entre absolutismo y liberalismo, que ya venía de la Guerra de la Independencia y la Constitución de 1812. (Los carlistas veían en el liberalismo una amenaza a la religión, la monarquía y el orden social tradicional).
  • Sociales. El apoyo del carlismo provenía de sectores rurales, campesinos y el clero, que veían en el liberalismo la pérdida de sus privilegios y su forma de vida. (En el País Vasco y Navarra, los fueros garantizaban exenciones fiscales y un estatus especial; los liberales querían suprimirlos).
  • Económicas. La defensa de las estructuras económicas del Antiguo Régimen: propiedad comunal, señoríos, gremios, frente al liberalismo individualista y capitalista (Los campesinos temían las desamortizaciones que vendían tierras comunales a particulares).

Antes del nacimiento de Isabel, el heredero del trono era Carlos M.ª Isidro de Borbón, pero al tener el rey Fernando VII, descendencia, y femenina, promulgó en 1830 la Pragmática Sanción, para derogar la afrancesada Ley Sálica de 1713 de Felipe V que imposibilitaba a la mujer acceder al trono. En 1832 y ante el mal estado de salud del rey, su hermano Carlos M.ª Isidro, aprovechó para que la derogara, pero antes de morir, la volvió a validar cerrando el acceso de Carlos al trono, y llegando al poder Isabel II, que ostentaba desde su nacimiento el título de princesa de Asturias, pero al ser menor de edad fue regentada por su madre M.ª Cristina y apoyada por la nobleza, las altas jerarquías del ejército, la Iglesia, el estado y los liberales que vieron en la defensa de los derechos dinásticos de Isabel la posibilidad del triunfo de sus ideales, con la ayuda de Inglaterra, Francia y Portugal.

El 29/9/1833 muere Fernando VII y su hermano Carlos se proclama rey de España, con levantamientos en el País Vasco y Navarra, pues el nuevo gobierno liberal quería acabar con sus fueros. A ellos se unió Cataluña para recuperar los fueros quitados con los Decretos de Nueva Planta de Felipe V tras la Guerra de Sucesión. Carlos entró en España y se puso al frente de su bando con el apoyo de Rusia, Austria, Prusia y los opositores a la revolución liberal (pequeños nobles, parte del bajo clero y muchos campesinos). El 2/10/1833 los Voluntarios Realistas de Talavera, encabezados por Manuel M.ª González, administrador de correos, se alzan en armas al grito de ¡Don Carlos rey de España!, lo que provocó que otros grupos formaran guerrillas con campesinos, jornaleros, artesanos, delincuentes, mercenarios, insumisos del ejército, antiguos combatientes contra la ocupación francesa, y por supuesto los carlistas convencidos, guiados por la pequeña nobleza rural, por contra, los mayores fracasos fueron en las grandes ciudades con los ricos comerciantes al frente. La adhesión de buena parte del clero a los sublevados, por verlos como el mejor antídoto contra el liberalismo (y sus medidas de libertad de culto, el matrimonio civil y la educación laica), provocó la quema de conventos y el fusilamiento de frailes en el verano de 1834. Algunos de estos religiosos llegarían a formar y dirigir sus partidas, como el cura Santa Cruz, verdadero azote de las fuerzas reales en la II guerra carlista.

I (1833-40). El movimiento carlista se gestó por la Pragmática Sanción y se fraguó con la subida al trono de Isabel II a la muerte de su padre. Los partidarios de Carlos, carlistas o apostólicos apoyan a Carlos M.ª Isidro, hermano de Fernando VII, como legítimo heredero al trono. Están unidos por el lema «Dios, Patria, Rey y Fueros», el inmovilismo (antiguo régimen), defensa del absolutismo, el catolicismo conservador, el foralismo, las exenciones fiscales y de quintas, y su oposición radical a las reformas liberales. Se extendió, por las regiones vasco-navarras, el Maestrazgo, la montaña catalana, la serranía de Ronda y la sierra de Córdoba, en tres fases:

La 1.ª comenzó con la aparición de partidas de oficiales que habían servido de voluntarios realistas en la Década Ominosa. El alzamiento es sofocado y los carlistas se reorganizan en la zona vasco-navarra con el Gral. T. Zumalacárregui (con él logran inicialmente varios éxitos militares por su brillante estrategia y los apoyos locales), pero el gobierno de Martínez de la Rosa vio la necesidad de acabar con el infante Carlos en Portugal, y confió la diplomacia al marqués de Miraflores y al duque de Frías, y el 22/4/1834 firman en Londres la Cuádruple Alianza (Gran Bretaña, Francia, Portugal y España), aunque las tropas españolas ya habían entrado en Portugal y conseguido acabar la guerra y expulsar a don Carlos y don Miguel. La batalla de Mendigorria freno el avance carlista hacia el sur.

La 2.ª se caracterizó por el dominio carlista. El ejército cristino acusaba la floja Hacienda de Madrid y el poco apoyo militar extranjero, de forma que en junio de 1836 el Gral. carlista Gómez organizó una expedición que llegó hasta Córdoba y en septiembre de 1837 el propio Carlos alcanzó Arganda, sin entrar en un Madrid desguarnecido.

La 3.ª fue de clara hegemonía gubernamental al culminar la reorganización de su ejército y aprovechar la división carlista en dos facciones:

El partido navarro heredero del realismo exaltado, defensor de la guerra a ultranza y del gobierno absolutista.

El partido castellano formado por realistas moderados que buscan una solución transaccional a la lucha armada.

La muerte de Zumalacárregui el 24/7/1835 durante el sitio a Bilbao, y la victoria del Gral. Espartero en Luchana en 1836, aumentó la división carlista. Harto de tal incompetencia, Carlos puso al Gral. Rafael Maroto al mando, quien sabedor de que la derrota estaba cerca, aceleró las negociaciones con Espartero para desembocar en el «Abrazo de Vergara» el 31/8/1839, entre el liberal (Espartero) y el carlista (R. Maroto) poniendo fin a la guerra, y provocando la descomposición del ejército carlista y la huida de Carlos a Bourges. Acordaron mantener los fueros en las provincias vascas y navarras e integrar a la oficialidad carlista en el ejército liberal. Las partidas de intransigentes dirigidas por R. Cabrera «El tigre del maestrazgo» continuaron la guerra por el Maestrazgo aragonés hasta su derrota en 1840.

II (1846-49). Se desarrolló sobre todo en Cataluña, donde los carlistas intentan aprovechar el descontento local.

La abdicación de Carlos en su primogénito Carlos Luis (Carlos VII) de 27 años, abrió una nueva vía para que ambas corrientes vieran satisfechas sus pretensiones al creer una posible boda con Isabel II, entonces de 15 años, pero la ilusión duró poco, ya que la reina contrajo matrimonio con su primo Fco. de Asís de Borbón. La revuelta se inició en Cataluña con la campaña de los montemolinistas (por el fracaso de casar a Isabel II con Carlos Luis M.ª Fernando de Borbón y Braganza, conde de Montemolín) o «guerra de los Matiners». En 1849 los insurrectos intentaron traer a España al pretendiente Carlos Luis de Italia, pero éste fue detenido en la frontera por la policía francesa. El detonante de la nueva insurrección fue la entronización de una dinastía extranjera, la de los Saboya con Amadeo I. El 1/4/1860 el capitán Gral. de Baleares Jaime Ortega y Olleta, realizó un pronunciamiento a favor de Carlos Luis de Borbón, con el que pretendía destronar a Isabel II, mediante el envío de una expedición militar a San Carlos de la Rápita, pero fracasó por la negativa de sus oficiales, y se conoce como el fracaso de la «Ortegada».

Tras el destronamiento de Isabel II y el paso de numerosos militares isabelinos a las filas carlistas, estos intentaron un alzamiento que fracasó, y en el que se destacó, en la provincia de León, la partida de Pedro Balanzátegui, quien sería fusilado.

El estallido protagonizado por Carlos al ordenar a los diputados que desalojasen sus palcos al grito de ¡Abajo el extranjero!, al tiempo que partidas se alzan en armas en Navarra bajo el mando del Gral. Eustaquio Díaz de Rada, derrotadas en Oroquieta obligó a Carlos a marchar a Francia.

III (1872-76). Fue la más larga y la de mayor impacto. Terminó tras la abdicación de Isabel II y la restauración de la monarquía borbónica en 1874 con Alfonso XII (hijo de Isabel II) que derroto a los carlistas en 1876 poniendo fin al conflicto.

El descontento carlista resurgió tras la Revolución de 1868 (La Gloriosa), que derroco a Isabel II, e instauro la I Republica Española (1873-74). Poco a poco el ejército carlista fue creciendo y sus victorias como las de Eraul, en 1873, propician el regreso de Carlos VII (nieto de Carlos M.ª Isidro) que con un auténtico ejército controló las provincias vasco-navarras, a excepción de Bilbao que resistió unos cien días. Con la victoria en Lácar los carlistas controlan gran parte del norte. La victoria liberal en Montejurra pone fin a la guerra. El 1/1/1875 el pronunciamiento del Gral. Martínez Campos, expulsó de España a Amadeo I, entronizando a Alfonso XII el 1/1/1875, a la vez que se formaba un nuevo gobierno presidido por A. Cánovas del Castillo. Los liberales suprimieron los fueros vascos y navarros del todo (Ley de 1876).

Al llegar Alfonso XII al trono fue bien acogido, tomó el mando del ejército, derrotó a las tropas de Carlos, y tras la caída de La Seo de Urgel se pone fin a la guerra en toda el área catalana, hundiendo el último reducto de Estella. Los generales Martínez Campos y Fernando Primo de Rivera derrotan a los carlistas en el resto de España, y al que iba para Carlos VII solo le restó cruzar, otra vez, la frontera para siempre por Arneguy el 28/2/1876. En 1888 el sector más intransigente del carlismo, partidario de la unidad católica de España, se separa de Carlos, creando el Partido Integrista, que produjo el alzamiento carlista de 1900 en Badalona, y se extendió a otras localidades de España, aunque la rebelión fracasó rápidamente.

Sus consecuencias:

  • Políticas: Pese a los reveses, el liberalismo se impuso como sistema dominante. La monarquía isabelina primero, y la restauración borbónica después, consolidaron un estado liberal, aunque moderado. La supresión de los fueros vascos y navarros en 1876 unificó el sistema fiscal y administrativo, aunque Navarra mantuvo algunos privilegios económicos (Concierto Económico). Los generales (Espartero, Narváez, O’Donnell, Serrano) adquirieron un enorme poder político, protagonizando pronunciamientos y gobiernos militares. El carlismo dejó de ser una amenaza militar, pero sobrevivió como movimiento político (tradicionalista) hasta el siglo XX.
  • Económicas y sociales: Campos arrasados, pueblos incendiados, infraestructuras destruidas. La guerra afectó especialmente al norte y al este de España. La emigración a América aumentó, especialmente desde las zonas rurales más afectadas. La guerra aceleró las desamortizaciones de tierras eclesiásticas y municipales para financiar el esfuerzo bélico, lo que transformó la propiedad de la tierra y creó una nueva clase de propietarios. El estado liberal necesitó un ejército fuerte, que se convirtió en un pilar del régimen.
  • Regionales: La abolición de los fueros vascos y navarros (1876) generó un profundo resentimiento que alimentó el nacionalismo vasco. En Navarra, el País Vasco y Cataluña, el carlismo se convirtió en una seña de identidad que perduró en la cultura política de estas regiones. Las guerras acentuaron la división entre los «de arriba» (liberales) y los «de abajo» (carlistas, rurales), que se tradujo en décadas de tensiones sociales.
  • A largo plazo: La abolición de los fueros fue un trauma para el País Vasco y Navarra. Muchos vascos vieron en el carlismo la defensa de su identidad, pero al ser derrotados, el sentimiento de agravio creció. Sabino Arana, fundador del PNV en 1895, se inspiró en la defensa de los fueros y la tradición católica, pero dio un giro hacia el nacionalismo independentista, combinando la defensa de la lengua vasca y la raza con la religión.
  • En el estado español. Las guerras carlistas consolidaron un estado liberal centralizado, pero al precio de crear descontento en las periferias. El ejército se convirtió en un actor político clave, lo que llevó a décadas de pronunciamientos y a la posterior dictadura de Primo de Rivera (1923). El carlismo sobrevivió como movimiento político, y durante la Guerra Civil (1936-39) se alineó con el bando sublevado, aunque con matices. El régimen de Franco integró parte del ideario carlista (nacionalcatolicismo), pero no restauró los fueros ni la monarquía tradicional.


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